Cómo pasar año nuevo afuera del país
La idea de pasar año nuevo en Brasil surgió en el casamiento de Mery, hablando con Lucas, Santi, Belu y Nico. Lucas y yo somos amigos de Nico del colegio, quien se casó con la brasilera Tais y vive en Arraial do Cabo, 168 km al norte de Río de Janeiro. Santi es el marido de Lucas, y Belu es mi novia.
Esa misma noche, en la mesa del casamiento, nos fijamos en la aplicación turismocity los pasajes más baratos. Eran mucho más económicos de lo que nos habían dicho que podían salir, y casi los sacamos durante la cena, pero creo que necesitábamos tiempo para mentalizarnos; hacía pocas horas que la idea se había originado, aunque meses antes habíamos hablado de celebrar año nuevo fuera del país.
El día siguiente (17 de Diciembre) sacamos los pasajes. Las fechas de viaje eran un desafío porque el 30 de Diciembre teníamos un casamiento a la noche, por lo que tendríamos que viajar el 31 de Diciembre.
Finalmente Lucas y Santi no se sumaron porque no le dieron vacaciones a Santi.
Salimos el 31 de Diciembre a las 11:20 am desde aeroparque, habiendo dormido 3 horas y con un poco de resaca, para llegar a Río de Janeiro a las 20:45, previa escala en Curitiba. Las valijas ya estaban casi hechas antes de ir al casamiento, pero algunas cosas siempre hacen dudar: ¿llevamos campera?
Hecho el check-in y despachado equipaje, tomamos un café y un tostado. Belu me dijo que nunca sabía que podía esperar de mí y le pregunté si igual se casaría conmigo. Pasó el resto del viaje recriminándome y abriendo la discusión a otras personas que no podía hacerle esa pregunta tan ligeramente. Mi coartada era que había sido dentro de un contexto. Lo importante es que me respondió la pregunta original.
La cola fuera de migraciones era larga. Pero hecha esta cola había otra cola larga en migraciones que no teníamos contemplada, de esas que hacen con cintas retráctiles de tela que se conectan entre postes y te hacen zigzaguear de lado a lado. No hubiéramos tomado el café de saberlo. Calculabamos el tiempo que nos llevaría terminar la cola a partir del tiempo que habíamos tardado en hacer la distancia que habíamos hecho, o cuantas giros del zigzag habíamos hecho y cuantos giros nos quedaban por hacer, y el resultado era que no llegaríamos al avión. Le pregunté tres veces a la gente del aeropuerto, siempre a uno distinto, si podíamos saltear la cola, pero cada vez me dijeron que la gente de la aerolínea nos iba a venir a buscar si les faltaba gente. Personal de otras aerolíneas venía a buscar pasajeros retrasados, pero nunca de la nuestra, lo cual me hacía dudar. Constantemente me fijaba en la página de Aeropuertos Argentina (www.aa2000.com.ar), el estado de nuestro vuelo, y recién apareció "Embarcando" terminando la fila de migraciones, lo cual fue un alivio. Llegamos con la pantalla de la puerta de embarque diciendo "ÚLTIMO AVISO", lo cual nunca nos había pasado. No me arrepiento del café, fue un lindo momento.
El viaje en avión le da miedo a Belén, y me apreta fuerte cuando hay turbulencia. Terminando el viaje, hablamos de cómo aumenta la dependencia a la pareja a medida que pasa el tiempo. Me gusta pensar que esta dependencia también te da un soporte para animarte a hacer más cosas.
En Curitiba comimos y dormimos. Yo me puse a dibujar en el piso y me quedé dormido. Dentro del aeropuerto alquilan lugares por hora para dormir, una novedad para nosotros.
Llegamos a Río en horario, nos fuimos al mostrador de Unidas, la empresa donde alquilamos el auto, nos dijeron que como ya teníamos reserva nos tomarams directamente la combi hacia el sector de retiro de autos. Tratando de ahorrar plata, alquilamos el vehículo más barato ofrecido por booking.com, una camioneta Fiat Strada para dos personas. Después de reservarla desde Argentina, se nos ocurrió cambiarla por un auto con 4 plazas y compartir los gastos con Tincho y Marie, una pareja amiga que iba a pasar los mismos días en lo de Nico y Tais. Luego de que Tincho y Marie aceptaran, busqué opciones de cambio al día siguiente y ya estaban al doble de precio. Que bueno que habíamos alquilado uno barato a tiempo, y que pena que no íbamos a poder compartir. Sin embargo, tenía la esperanza de que les sobrara uno de 4 plazas cuando buscaramos el auto. Me ha pasado de que me den un auto de mejor gama porque no tenían disponible la gama que había alquilado. Cuando la recepcionista de la agencia vio el auto, se indignó de que nos hubieran dado un auto tan impráctico porque las valijas solo entraban en la caja (algo que no había pensado), y con lluvia se podían mojar o las podían robar en un semáforo. Así que nos dio un Peugeot 208 con solo mil km de uso, por el mismo precio. Mi predicción resultó correcta. Belén decía que estas cosas me pasan a mí y que no tenía que irse de mi lado. Le respondí que el haberla conocido era parte del buen karma. Según ella la razón de mi buen karma es que doy al universo. Ojalá tenga razón.
Además pre-pagamos un tanque de combustible a menor precio a cambio de devolver el auto con tanque vacío. Lo que no conseguimos fue GPS, vital para salir de Río sin inconvenientes, especialmente por el temor que le tiene Belén a las favelas. Algo de que no les estaban funcionando. Por suerte Belén tenía internet (datos) en su celular y usamos su GPS, aunque a veces perdía la señal. Días más tarde Tincho nos enseñaría que el GPS funciona sin internet, y que si te descargás el mapa antes de quedarte sin internet, que en mi caso hubiera sido en Argentina, podés navegarlo. Bueno saberlo. El debate luego fue sobre la necesidad de comprar un GPS, mi postura siendo que si el teléfono ya es un GPS, no hace falta. Quizás es un tema generacional, no le gusta ser dos años más grande que yo.
No quería contárselo para darle seguridad, pero estaba tensionado saliendo de Río. Agarramos bien todos los desvíos.
El desafío era llegar antes de la medianoche para celebrar año nuevo a tiempo. Traté de ir lo más rápido posible sin superar los límites de velocidad; hay muchas fotomultas en Brasil. La ruta estaba muy despejada. Nico me había compartido la ubicación del festejo en googlemaps por whatsapp, pero no se la compartí a Belén, lo cual fue un inconveniente porque cuando ingresabas la dirección escrita de la ubicación en el googlemaps, te llevaba a otro lugar. Yo confiaba, sin embargo, en mi recuerdo del lugar. El festejo era en la quinta de verano de los abuelos de Tais, en Iguaba, donde hace unos 9 meses se habían casado.
Llegamos exactamente a las 12 a la ubicación errónea, momento en el que Belén se enteró de que no tenía la ubicación exacta. Mi atención se dividía entre mirar los fuegos artificiales tranquilamente y seguir buscando la quinta. Las indicaciones en portugués de los transeúntes no nos ayudaban mucho. Belén, autodenominada y reconocida decodificadora de los que las personas dicen, no había activado aún su traductor interno. Se me ocurrió comparar la vista previa del whatsapp del mapa de la ubicación que me había pasado Nico, con el mapa del GPS del celular de Belén, y así la encontramos. Estábamos a 4 cuadras. El recuerdo del lugar a medida que nos acercabamos me emocionaba. A las 12:08 lo vemos a Nico trepado a las rejas, no sé exactamente qué estaba haciendo. Nos bajamos del auto y todos nos recibieron con exclamaciones de bienvenida y año nuevo. Habíamos llegado. Luego de conversar, comer y tomar, nos fuimos a dormir a un departamento que habíamos alquilado para las 3 parejas. Ahora que recuerdo, Belu y yo nunca lo pagamos.
Nos levantamos, tomamos mates y nos fuimos de vuelta a la quinta de Iguaba a pasar un día de sol, pileta, asado y voley. La última vez que habíamos jugado había sido hace nueve meses en esa misma cancha, el día después del casamiento de Nico y Tais. También dormimos una siesta en un pareo sobre el pasto, y se volvió a cumplir la ley de que Belén es más picada por los bichos que yo. El perro le dio un beso de lengua a Belén mientras dormía. Si yo lo hubiera hecho, se hubiese enojado más conmigo que con el perro.
A la noche fuimos a Arraial a la casa de Nico y Tais. Las parejas nos repartimos los cuartos y nosotros dormimos en la oficina de Nico. Teníamos que desarmar la cucheta y juntar las camas para dormir, y volver a armar la cucheta al despertarnos. Había una una estantería sosteniendo un conjunto ecléctico de elementos: riles de pesca, vendas para los pies, parafina para surf, pava eléctrica y otros varios artefactos de computación. Despejé dos estantes reacomodando los desacomodados objetos, y a pesar de que Belu me dijo que no hacía falta, los usó luego con gusto.
Los desayunos consistían en tostadas a cargo de Tincho, mates amargos por Marie, mates edulcorados por Belu, y tapioca con queso por mí; extrañábamos la tapioca. Nico ya se encontraba trabajando en el living.
Siendo 1 de enero y feriado, buscamos alguna playa tranquila y con olas. Magicseaweed.com era nuestro consejero. Decidimos ir a Barra do Una, al norte de Buzios, completamente desconocida; según la imagen satelital, a la derecha de la desembocadura de un río, justo en la curva de una ruta que bordea el mar, con agua marrón y poca gente. Nico nos desaconsejó ir bajo la lógica de que si estaba al lado de un rio iba a estar sucia. Yo personalmente le tenía fe. Sabiendo que el googlemaps te puede llevar por favelas, Belén pregunta: "¿Estamos seguros de que no pasamos por ninguna favela?". No conocemos el camino, pero el ir por avenidas y rutas, y el que hayan otros autos por el mismo camino nos dan un indicio de la seguridad del mismo. La ruta nos lleva a una zona agreste, verde. Brasil es un país muy frondoso. Nos ocurre diariamente que la mano contraria está plagada de autos; afortunadamente vamos a contramano del tráfico. Saliendo de Arraial a la mañans siempre vemos una larga fila de autos esperando entrar. Y llegando a la noche vemos la fila saliendo. No sabíamos que era un lugar tan turístico, el año pasado habíamos estado en Marzo. No entiendo porque la gente no va a otra playa con menos gente; la belleza de cada playa vacía no varía, pero con gente sí.
Llegamos al mar, donde la ruta gira para bordearlo e inmediatamente está la entrada. Hay pocos autos estacionados, hay poca gente, la playa es angosta, el agua marrón. Pregunto si nos queremos quedar. No quiero que el surf monopolice las decisiones del grupo, algo que podría ocurrir si no me autocontrol, pero sí Tincho y yo queremos buenas olas, un compromiso no siempre fácil de lograr. En mi caso, Belén dice que es feliz viéndome surfear, y le gusta mi cara de concentración (obnubilación) profunda cuando miro las olas, y alegría de niño cuando vuelvo de surfear. Antes de quedarnos en la playa, nos vamos a comer a un restaurante sobre la ruta más cerca de Buzios. El pescado frito es barato, pero con espinas y no muy sabroso.
Entramos a surfear con Tincho. Tenemos dos tablas, un shortboard convencional 6'2", y un 6'4" ancho y grueso que le recomendé a Nico que se compre para aprender hace 2 años; aunque no la usó mucho, prefiere andar en kayak. Amo la 6'4", si bien es una tabla estable (¿una establa?) y buena para aprender, me pregunto si inconscientemente le dije a Nico que la compre para usarla yo. Él me contó la cara de niño feliz que puse la primera vez que la vi. Y como pienso que a Tincho le gustará como a mí, se la ofrezco constantemente; me entero luego de que prefiere siempre la 6'2", excelente.
El mar se parece al Río de la Plata. Olas chicas, una atrás de la otra (período extremadamente corto), ventosas, y marrones. Hay bastantes bolsas y demás basura. Casualmente la noche anterior Tincho nos contó que en Punta Lara surfea con amigos en el Río; me mostró un video con olas totalmente válidas que rompen al lado de una pared. Yo le conté que el sueño más recurrente que tengo es que el Río de la Plata tiene olas.
Intentamos divertirnos con las olas que hay. Intentamos que las chicas aprendan. Belén se para en dos olas. Es difícil lograr que Belén surfée consistentemente, siente mucha culpa cuando yo no surfeo. Luego vuelvo a surfear y el viento del mar ha aumentado progresivamente el oleaje. Decidimos ir para Geriba, una playa en Buzios muy linda y con olas. El estacionamiento en la calle es municipal y pago. Las casas en Geriba son las más lindas que vemos en el viaje, pero el nivel de basura en la playa nos sigue pareciendo que podría (debería) disminuir. Esta playa sí es más lo que esperamos de Brasil, menos la basura. Acá también están chicas las olas, pero nos metemos igual. Marie tiene una cámara fotográfica muy buena, de esas que tienen lentes intercambiables, y nos ponemos contentos porque eso significa que tendremos fotos surfeando. Cuando volvamos del viaje nos daremos cuenta que Marie sacó muchas fotos del momento sin que nos demos cuenta. Disfrutamos hasta que cae el sol.
A la vuelta Belén pregunta si vamos a volver por el mismo camino de la ida, que fue moderadamente faveloso. Le respondo que no. Pero sin darme cuenta volvemos por donde vinimos, de noche, y vamos reconociendo algunos lugares. Belén se pone nerviosa, yo me pongo nervioso, el GPS también porque se pierde, pero Marie y Tincho están tranquilos, lo cual ayuda. Nos perdemos unos minutos en la noche en un barrio, pero rápidamente recuperamos el sendero, no sin un poco de tensión.
Nos vamos turnando quien cocina a la noche; Marie y Tincho, Belu y yo, Nico y Tais, o el cocinero de algún restaurante. Una noche pedimos sopa o guiso de mariscos dentro de un zapallo, una delicatessen de Arraial. Sobró mucho, y lo comimos como sobras una de las últimas noches, junto con las sobras de todas las otras comidas.
Al día siguiente fuimos a Praia do Peró, entre Cabo Frío y Buzios. No aparece en el magicseaweed como un spot surfero, pero Tais nos dice que suele haber olas, lo cual Tincho chequea de acuerdo a la orientación de la playa y la dirección del swell, es decir, desde donde vienen las olas. La playa enfrente al pueblo Peró parece estar llena, y con poco lugar para estacionar. Bordeamos la costa alejándonos del centro hasta que nos señalan un estacionamiento a 10 reales, lo mismo que estacionar en la calle, en lo que parece ser el jardín de una casa frente al mar. Estacionamos y caminamos a la playa. La elección del lugar de asentamiento en la playa combina cercanía a las olas y amplio espacio. El día está más soleado que el anterior, y necesitamos una sombrilla, que por suerte alquilan. A pesar de ver surfistas en el agua, la ansiedad por encontrar olas nos hace pensar que no las hay luego de 30 segundos de evaluación; pero el mar nos demuestra lo contrario, hay que esperar la serie. Afortunadamente hemos estacionado frente al pico. Luego de la crema solar mandatoria, entramos al agua y surfeamos mucho. Justo en el pico, donde está acumulada el arena que permite que las olas rompan, es donde se meten los bañistas-no-surfistas, que impide aprovecharlo al máximo. Intentamos surfear lo más cerca al pico evitando ponerlos en riesgo, la tabla es un elemento contundente y las olas tienen fuerza. O nos sentamos en el pico y visualizamos los posibles recorridos para no atropellar a nadie. También investigamos otros picos cerca.
Vinimos preparados con una vianda térmica con mucha fruta, que sorprendentemente nos satisface todo el día. Lo único externo que compramos fueron palos de queijo, que Belu no puede evitar comer. Los vendedores playeros de palo de queijo llevan en una mano una caja de metal con carbón encendido adentro, sobre el cual cocen el queijo sin que éste toque el carbón; y en la otra mano los palos de queijo crudos. Te preguntan si lo querés con o sin orégano. El vendedor nos ofrece una unidad a ocho reales, dos a siete cada una y tres a seis cada una. Sólo queríamos tres porque Marie no come, pero terminó vendiendonos cuatro a veinte reales. En ningún momento le regateamos. Era muy carismático y nos sacamos una foto con él.
Suelo preguntarme como será vivir en un pueblo costero pequeño. ¿Me aburriré de surfear? ¿Me pondré exquisito con las olas (lease, "no surfeo debajo de tal tamaño", o "si está muy soplado ni entro")? La respuesta depende de la razón por la que uno surfea: para pararse en la tabla, o para pararse en la tabla y disfrutar del ambiente marino y hacer la mejor actividad física del universo.
También llevábamos a la playa 2 termos con agua caliente para el mate y otro con agua fría. Si uno de los termos de agua caliente se enfriaba, pasaba a ser agua tibia para la sed.
Entrada la tarde subió la marea y dejaron de romper las olas en el banco, para que la energía de las olas sea concentrada casi exclusivamente en la orilla. Momento que aprovechamos para pasarlo con nuestras novias. A media tarde le sugiero a Tincho ir a surfear a Praia Grande de Arraial, que seguro rompía mejor, pero me contra-sugiere esperar a que baje la marea y vuelvan a romper las olas. Ir a otra playa o quedarse es un dilema que sufre todo surfista. La posibilidad de surfear en un lugar mejor se contrapone al riesgo de surfear peores olas habiendo renunciado a un lugar mejor. Por otro lado, se prefiere también quedarse en un mismo lugar para conocer mejor la ola que se está surfeando, establecer un lazo más profundo con ella, y estar menos tiempo viajando. Uno se relaja y enfoca más cuando se compromete a una ola, y disfruta más del momento.
Su predicción resultó acertada y vivimos una tarde mágica con el sol a nuestras espaldas iluminando los morros, el agua turquesa, las olas, y nosotros.
De vuelta a la casa, le agradecemos y felicitamos a Tais por darnos la posta: salían olas en Praia do Peró.
La mañana siguiente llueve. La primera vez desde que llegamos. Nos dijeron que Belu y yo habíamos traído el sol. El día empieza más tranquilo de lo normal y sin un destino claro, o sin destino. Pero no hay relación directa entre el clima en la playa y las olas, por lo que decido ir a surfear a Praia Grande de Arraial y solo Belu me acompaña. Ella disfruta de observar mi alegría por surfear. Vamos con sombrilla para que no se moje. En la playa hay dos adolescentes con una pelota de fútbol y haciendo ejercicios serios de entrenamiento. No hay muchas olas, pero hay un pico donde rompen algunas olas con potencial. Los primeros 40 minutos no puedo elegir las olas adecuadas, todas cierran o no tienen fuerza. Salgo un ratito y le pregunto a Belu como está. Todo tranquilo. Nos damos unos besos y vuelvo a entrar. Esta vez agarro 4 o 5 olas con excelente recorrido y velocidad. Cuando preguntan en la casa sobre las olas, la opinión de Belu es que había buenas olas, considerando las últimas que surfié. No puedo estar 100% de acuerdo. Estaba muy difícil de leer el mar; y las olas que agarré fueron un premio al esfuerzo, a la perseverancia, a la pasión, y a las horas en el agua. En Diciembre de 2017 conocí al papá de Lucas Santamaría (surfista profesional argentino), quien es entrenador de surfistas, y me dijo que es fácil surfear bien cuando las olas están perfectas, el desafío es cuando el mar está difícil de leer.
A la tarde, aún con lluvia, vamos a conocer Praia Brava, es un pequeño estrecho de arena en la punta de morros de Arraial do Cabo. Nico nunca fue. El camino es muy lindo. Con auto se llega hasta un estacionamiento adoquinado y frondoso, y luego hay que caminar. Caminando por un sendero se llega hasta un punto y luego las rocas resbaladizas con pendiente hacia el mar nos hacen desistir de llegar a la Praia Brava para preservar nuestra seguridad. La playa brava se observa tapada por el mar. No puedo evitar surfear con la mente (del inglés mindsurfing), pero la espuma (energía) de las olas golpea rebota contra los acantilados, lo que genera luego una onda en la dirección contraria de la olas entrantes y una deformación en su figura, que sería difícil de surfear. La energía no se crea ni se destruye. Al no inmutarse el acantilado, la energía de la espuma es devuelta al mar como una pelota de tenis contra un frontón, y otra parte de la energía se transforma en sonido y rozamiento del agua con el agua y el agua con la roca.
Parados en la parte alta de un morro vemos que efectivamente estamos en una punta (Cabo significa pequeña península que entra al mar y Arraial es un pueblo o aldea de pescadores): a la izquierda la playa abierta y larga de Arraial, y a la derecha la Praia do Foguete que se extiende hasta su otro extremo que es Cabo Frío. Tratamos de ir a otra playa linda pero la lluvia inundó el camino.
El día siguiente es sábado. Nico no trabaja y puede acompañarnos a la playa desde la mañana. La playa elegida es Praia do Forno. Nico y Tincho van en kayak desde Praia dos Anjos. Tais, Marie, Belu y yo vamos caminando. Praia Forno está en una reserva natural, y antes de entrar al sendero que te lleva a la playa hay personas que chequean que no vayas a entrar con parlantes. Al ser fin de semana y al ser una playa linda y segura (es una playa sin olas), está repleta de gente. 100 de gente y 0 de ola; una combinación de cualidades que nos haría a Belu y a mí descartarla sin pensarlo. Pero estamos en grupo, con amigos, y la idea es disfrutar el compartir el momento. Hacemos snorkel, el agua es muy transparente y hay peces, nos sacamos fotos, tomamos mates, charlamos, juego al pelota-paleta con una nueva niña amiga. Nico y Tincho vinieron en un kayak inflable y otro hueco de plástico duro. El segundo flota porque el cuerpo tiene aire adentro, pero no tiene cabina cerrada como uno de carrera, por lo que no se puede hundir por entrada de agua a la cabina, que es abierta y de hecho tiene agujeros que conectan el agua con la cabina abierta. Si bien es para una persona, el límite de peso era suficiente para Belu y yo, y emprendimos viaje mar adentro bordeando el morro de la izquierda. Belén se asustó porque estaba entrando agua al kayak, e intensamente intentaba sacarla con la mano; hasta que le dije cómo era el kayak. Frenó de repente, y permaneció un segundo de silencio evaluando la situación, hasta que se rió tímidamente de vergüenza.
Pasamos por un restaurante flotante, con barcos amarrados y música fuerte. Continuamos para alejarnos del ruido. Con cada nuevo recoveco que investigabamos queríamos pasar al siguiente. Hasta que empezamos a sentir el suave meneo de ondas marinas pasando bajo el kayak. Aunque todavía cerca del morro, estábamos bastante lejos de la playa, que ya no se escuchaba, y expuestos a las ondas crudas del mar. El saludo amistoso del conductor de una lancha me hizo pensar que no estábamos en peligro. Doblamos a la izquierda más allá de una punta esperando encontrar playa de arena, pero solo morro. Decidimos volver, y nuestra vuelta marcó el regreso del grupo a la casa.
Una vez desensillados, y todavía habiendo luz, nos miramos con Tincho insinuando "¿vamos a surfear?". Nos metemos en Praia Grande con olas pequeñas pero divertidas. Me hacen acordar a Pinamar. Surfeamos una hora sin parar, hasta que debo volver, esa noche cocinamos Belu y yo. Por suerte las compras las habíamos hecho a la mañana. Tincho me acompaña. Belu cocinó su merluza con queso y especias envuelta en papel aluminio y yo mi ensalada de mango. Sinceramente creía que al pescado le faltaba más cocción, pero no quería entrometerme en la cocina de Belu. Sentía que la autopresión por terminar el plato para comensales hambrientos nublaba su criterio. Aunque el plato fue un éxito, sigo pensando que le faltaba tiempo en el calor. Podría haber llegado hasta el límite de su tolerancia para quedarme tranquilo de que mi influencia fue suficiente sin ser invasiva.
La mañana siguiente Nico no había llegado aún; se quedó toda la noche jugando al póker en Cabo Frío. Fuimos a probar suerte a la playa de Cabo Frío. El camino pasa muy cerca de Praia do Foguete, y desde él vimos buenas olas. La dirección del swell parecía favorecer esta playa. Por las dudas fuimos a ver las condiciones de Cabo Frío. Tardamos 1 hora en hacer 6 km, y no había olas, por lo que volvimos al primer lugar. Había mucho sol y desafortunadamente nos habíamos olvidado una sombrilla. Con Tincho fuimos a buscar a las varias posadas enfrente a la playa, pero ninguna alquilaba; "No se la juegan", como decimos con Tincho. Un puesto en la playa alquilaba pero no tenía disponible. Volvimos derrotados. El último recurso, según mi mente, era ver alguna sombrilla sin usar y pedirla. Vemos a una pareja dejar una sombrilla sola y, por los colores de la misma, parece ser de una posada. Sin dudarlo voy a hablar con la pareja en mi mejor portugués. Resultan ser correntinos, y muy buena onda. Me dicen que si la posada nos dejan no tienen problema; ellos van a descansar del sol y almorzar. Hablo con el conserje y me dice que si los dueños de la habitación no tienen problema, ellos tampoco. Como nadie tiene problemas, nos quedamos con la sombrilla hasta que los correntinos vuelvan. Qué genios los correntinos.
Mientras caminaba con ellos hacia la posada y les explicaba nuestro pedido, vi que iban cargados de cosas así que le ofrecí una mano a la mujer y le llevé una heladerita. Tincho me contó luego que mientras observaba la situación pensaba "Teddy ofrecele llevar algo, Teddy ofrecele llevar algo, Teddy...".
Con sombrilla asegurada nos metimos al mar con Tincho. Las olas no estaban tan buenas como parecían de afuera, pero seguían siendo olas y nosotros seguíamos con ganas de surfear. A veces ocurre lo contrario con las olas, parecen malas de afuera y son geniales de adentro.
Fuimos con Belu a comprar el almuerzo, papas fritas con queso derretido, a una casa hecha restaurante, a una cuadra de la playa. Un brasilero corpulento me ayudó a traducir "rabas", que no había, al portugués. Resultó ser un ex nadador profesional y competidor olímpico, actualmente entrenador. Nuestro pedido tardaría, así que volvimos a la playa. Cuando llegamos a la calle bordeando la playa, empezamos a escuchar un griterío. No entendíamos que ocurría porque había dunas entre la calle y la playa que interrumpían nuestra visión, pero interpretamos que eran tiburones porque lo poco que podíamos ver era gente apuntando al mar hacia dos surfistas. Al rato pasa el ex nadador corriendo por al lado nuestro, y cuando finalmente llegamos a la playa vemos a un cuerpo flotando a punto de ser rescatado. Pensé en unirme al esfuerzo rescatista, pero ya había muchas personas y sentí que lo entorpecería. Usaron las tablas de los surfistas para sacarlo, mientras otros le daban golpes en el pecho. Cuando finalmente lo sacaron del agua lo vimos más de cerca; simultáneamente llegaba un cuatriciclo con guardavidas. Parecía un adolescente, flaco, alto, de tez oscura y con rastas. Tenía espuma en la boca y el color de piel, la mejor forma que encuentro para describirlo es más cercano a la muerte. Pensé que había ocurrido lo peor, pero afortunadamente nos comentaron que se había salvado. Un helicóptero rojo vino a buscarlo para llevárselo a un centro de atención. Hubo que despejar la playa para que pueda aterrizar. El movimiento de la hélice volaba fuertemente el arena.
Fuimos a hablar con Marie y Tincho para ver cómo estaban; seguro que bien pero dada la situación fue lo que me surgió. La encontramos sólo a Marie, quien nos dijo que Tincho había sido el primero en llegar nadando hacia el rescatado. No lo podíamos creer. Tincho es un héroe. Fui a buscarlo donde estaban atendiendo al rescatado en la arena. Nos contó de su impresión al estar tan cerca de él, y de que no hubiera podido sacarlo sólo. Hablamos de nuestra sorpresa de la poca presencia de guardavidas. Marie y Tincho nos contaron de que lo vieron moviendo los brazos hasta dejar de hacerlo. ¿Cómo es que se metió al mar, posiblemente en una zona peligrosa, fue arrastrado hasta lo profundo, movió los brazos, y ningún guardavidas le prestó atención?
Vimos mucha gente filmando y sacando fotos al helicóptero aterrizando y despegando. No se me había ocurrido. Creo que me producía una contradicción registrar un hecho espectacular cuyo origen había sido uno catastrófico. No creo que esté mal hacerlo, era solo mi sensación. La contradicción es mayor en este caso por la cercanía temporal de los eventos, incluso mientras veíamos al helicóptero, el rescatado no estaba aún recuperado, sólo vivo. Distinto sería un recital de una banda musical conocida para recaudar fondos para ayudar a las víctimas de alguna catástrofe, donde la distancia temporal y física de los hechos es mayor. En este caso, sacar fotos del espectáculo no me hubiera impresionado tanto.
No nos dejó mucha hambre la experiencia, pero ya habíamos hecho el pedido. Cuando con Belu trajimos las papas fritas con queso ya habían vuelto los correntinos de la sombrilla y nos quedamos al sol; por suerte ya no pegaba tanto, pero lo suficiente para habernos saturados de él, y a la hora nos estábamos volviendo.
De vuelta en Arraial, fuimos a Praia Grande con Nico y Tais. Los 6 disfrutamos el atardecer tomando mates, sentados en la arena frente al mar, hablando de la vida, mientras Marie sacaba fotos; yo le robé la cámara un ratito. Dada la orientación de Praia Grande, especialmente la punta norte de la playa, donde está Arraial, el sol se pone en el mar.
A la noche terminamos de ver la última edición de Blade Runner, la habíamos empezado una noche anterior hasta que nos quedamos dormidos. En una escena, el protagonista ahoga a otra persona. Pensaba en Tincho y lo que estaría pasando por su cabeza. Pensaba en cómo las películas normalizan situaciones de violencia que miramos insensiblemente, y hasta queremos que ocurran, pero que si las viviéramos en carne propia nos traumatizarían. Quizás es el objetivo del cine, sentir que hacemos todo eso, por más lejano de la realidad que sea.
La mañana siguiente teníamos que volver a Río. Marie y Tincho volaban a Buenos Aires a fin de tarde. La decisión era si arrancabamos el viaje antes o después de almorzar. Siendo que era último día del fin de semana (léase domingo) y aumentaría el tráfico a lo largo del día, decidimos salir y almorzar en el camino en Kiosque do Alemão, sugerencia del papá de Tais.
La ruta antes de llegar a la autopista BR-101, pasa obligadamente a pocas cuadras de Praia do Foguete, tan cerca que se pueden ver las olas. Mi tradición al irme de cualquier playa es ver el mar una última vez, así que hice la pregunta retórica si querían ver el mar, o la pregunta que es una especie de anuncio, doblé a la derecha y paseamos lentamente por la calle empedrada que bordea la playa. El intenso viento cruzado del día anterior había dejado sus rastros en las lindas olitas que rompían ordenadamente pues eran recibidas por el viento de tierra. Despedirse del mar así es doloroso y hermoso; no lo cambio por nada.
Camino a Río jugamos a adivinar de qué película o serie de televisión eran las canciones que Belu reproducía en su celular, tenía una lista preparada para el juego. Yo agregaba canciones a la lista cantándolas, y Belu se reía porque nadie las adivinaba.
Luego de almorzar en el Kiosque do Alemão, manejó Tincho. Me interesaba que viva la experiencia de manejar un auto en Brasil. Llegando a Río me empecé a poner nervioso por el acercamiento a las favelas, y empecé a prestar mucha atención al GPS. Nueve meses atrás había manejado por Río, solo y acompañado, y nunca me puse nervioso. Pero al estar con Belu, me preocupaba por ella. A menos de 1 km del aeropuerto, ignoramos conscientemente una salida para llegar a él, y decidimos hacerle caso al GPS y seguir derecho. En lugar del aeropuerto Galeão llegamos a la ciudad Galeão, que no era muy linda y nos pusimos un poco nerviosos. Rápidamente retomamos y llegamos. Me hizo pensar en cómo le hicimos caso al GPS, una computadora, antes que a nuestro raciocinio. Quizás es verdad que el mundo será dominado por computadoras. O quizás nos es más cómodo que otros tomen decisiones por nosotros.
Entregamos el auto en perfectas condiciones. En Arraial, antes de arrancar viaje, aspiré el auto. Hace 9 meses nos habían cobrado recargo por devolver el auto muy lleno de arena. Esta vez, a decir verdad, se había roto algo minúsculo, quizás lo más pequeño que un auto puede tener. Cuando uno abre el baúl de un auto sin cola, la bandeja trasera (el plástico interior que cubre el baúl del auto, ubicado detrás de los apoyacabezas de los asientos traseros) se levanta también porque está enganchada con un hilo a cada lado a la puerta del baúl. Uno de los dos pitutos que enganchan estos hilos a la puerta del baúl se había salido abriendo el baúl con una tabla apoyada en la bandeja, generando tensión en el hilo por el peso extra, y el consecuente desprendimiento y pérdida del pituto. Llamo pituto a cualquier pieza de utilidad práctica de tamaño menor a la yema de mis dedos. Para disimular la pérdida, Tincho usó un plastinudo (alambre cubierto en plástico negro para cerrar la bolsa del pan lactal). Quizás hoy siga funcionando sin que se hayan dado cuenta. Devolvimos el auto con el último octavo de tanque, sin tener que cargarlo una sola vez.
Nos despedimos de Tincho y Marie en el aeropuerto y nos tomamos un taxi de aplicación de teléfono celular estilo Uber pero llamado 99 hacia Copacabana. No hizo falta que nos bajemos la aplicación porque lo podías pedir desde el aeropuerto. A diferencia de en Argentina, los taxis de aplicación están oficializados y hasta tienen un sector dedicado para ascenso y descenso de pasajeros. Aprovechando que Tincho y Marie viajaban dos días antes que nosotros, y que ibamos a tener que venir a Río para tomarnos el avión de vuelta, se nos ocurrió venir a conocerlo por dos días, y reservamos un hotel en Copacabana.
Siendo que en Copacabana no hay olas surfeables, ya había declarado que no me importaba no surfear por dos días. Pero cuando nos despedíamos en Arraial, Nico comentó que entre Copacabana e Ipanema, cerca de donde estaba nuestro hotel, está la playa Aproador donde se surfea. "¿¡En serio!?", pregunté visiblemente con mucha alegría, lo cual hizo a Nico reírse y decirme que no puedo con mi genio.
Cada vez que hablo con alguien que vive en una ciudad costera, en este caso el chofer del 99, le pregunto si surfea. Aún me sigo sorprendiendo cuando me dicen que no. ¿Cómo viviendo todo el año cerca del mar no aprovecha para hacer el deporte más lindo en la historia de la humanidad? Y luego me pregunto porqué no estoy yo viviendo más cerca del mar.
Esa tarde-noche en el hotel me puse a averiguar a donde podríamos ir, hasta que me di cuenta que íbamos a estar únicamente dos días, y lo que más me gusta, y nos gusta, es salir a caminar relajados e ir encontrándnos con los lugares y la gente. Luego de dar unas vueltas en la noche, comimos sushi. Nos habían comentado que el sushi del estado de Río de Janeiro era muy rico, y éste lo era.
El día siguiente desayunamos en el hotel. En Brasil aprovecho a comer fruta que no hay en Buenos Aires, como papaya y guayaba. El hotel estaba en la punta sur de la playa de Copacabana y caminamos hasta la punta norte, que se llama Praia Leme. En el medio nos metimos al mar, que lamentablemente tenía bolsas, grabamos videos, sacamos muchas fotos, hablamos con un hombre usando el detector de metales que encontraba monedas en la arena, consideré comprarme una sunga mientras Belén miraba bikinis. Por suerte Belu se prende con mis ideas de videos y fotos. Como ella dice, es prende-tuti. Es lindo viajar con un prende-tuti. Llegando a Praia Leme, donde las olas rompían más alejadas de la orilla y algunas olas abrían y parecían surfeables, hice mucho mindsurfing, cuya traducción menos cómoda al español es "surfear con la mente". Me es inevitable mindsurfear (mi traducción más cómoda). Cuando en una película están en la playa, cuando en el verano un reportero de noticias tiene el mar de fondo, y hasta viendo olas miniatura en el Río de la Plata o en algún lago. Volvimos al hotel caminando a una o dos cuadras de la playa, para una versión más citadina. Todos los edificios tienen un estilo de los 60/70's, como de la película Scarface.
Almorzamos en un restaurante donde estaban pasando un video de surf sobre un surfista brasilero, Jean Da Silva, que se había suicidado hace pocas semanas. Me cuesta entender que a una persona que le pagan por viajar y surfear pueda querer terminar esa vida. El evento originó una nota sobre el tabú de la depresión en el surf, mencionando a un doctor en Francia que receta surfear a sus pacientes con está enfermedad. Mi incredulidad creo que resulta de una teoría que tengo que es que vemos la vida como si fueran imágenes estáticas, cuando la vida es un contínuo movimiento. En mi caso, la imagen que veo es la de playas paradisíacas, surf, atardeceres, experiencias; pero la vida tiene muchas más horas que ese simple cuadro de 0.002 segundos, que es el tiempo estándar que un obturador se abre para captar la luz que luego se transforma en una fotografía. Me pregunto si sobre estas horas se trata la Insoportable Levedad del Ser, novela que nunca leí. Es una visión un poco triste de la vida con la cual no me siento identificado; amo mis horas.
Luego volvimos al hotel, nos sacamos más fotos desde la terraza que tenía un vista completa de Copacabana, usamos la pileta y descansamos un poco. No es que tuviéramos particulares ganas se usar la pileta, pero al estar disponible queríamos disfrutarla un poco.
En la última hora de sol fuimos a Aproador, que para entrar hay que pasar por una plaza muy linda, que es el Parque Garota de Ipanema. Había una clase abierta de yoga y un partido de beach voley pero jugado con los pies. Y había también surfistas. Mis ojos activaron el modo detección de alquiler de tablas, resultando negativa la búsqueda. Había sin embargo una casilla de guardavidas con algunas tablas apiladas. Le pedí a Belén todo el efectivo que teníamos, aproximadamente 13 reales. Me metí en el recinto, subí las escaleras y al encuentro de un guardavidas le pregunté si alquilaban tablas. Para mí sorpresa dijo que sí. Lo negativo fue que me dio la peor tabla que alquilé en mi vida. Era una tabla para principiantes, con la parte superior (donde uno se apoya) y los bordes cubiertos con gomaespuma moderadamente acolchonada, razón por la que a estas tablas se las llama soft tops (que significa "parte superior suave"). No tengo problemas con este tipo de tablas, son muy divertidas en olas chicas, aunque no era éste el caso; pero la gomaespuma estaba desgarrada, la tabla era muy pesada, y la quillas muy chicas, por lo que iba a ser difícil cambiar de dirección en la ola. Las quillas de la tabla, algunos le dicen "aletas", son como la quilla de un velero, permiten mantener firme el curso. El aleta de los delfines y tiburones, y de otro vertebrados acuáticos, también sirve para mantener una dirección estable, y por eso no digo que está mal decirle a la quilla "aleta". Las quillas evitan que la cola de la tabla "patine" cuando dobla.
Pero meterse al mar, sin importar su estado, siempre me gusta y suma a mis horas de surf. Usar variedad de tablas incrementa la sabiduría en su elección de acuerdo a las condiciones del mar, y abre el abanico de sensaciones sobre las olas; cada tabla responde distinto.
Cuando devolví la tabla, el guardavidas me dijo que el día siguiente me podía conseguir una mejor, pero nos íbamos. Esa noche, en lugar de comer afuera, compramos en el súper y cenamos en la cama. Dormimos y nos levantamos a las 4:30 am. Habíamos preguntado si nos podían preparar el desayuno a esa hora, pero no. En el taxi camino al aeropuerto me iba fijando en el googlemaps la ruta que íbamos haciendo, preocupado de que vaya por un camino más largo para cobrarnos mas. Viendo que nos desviamos bastante del camino recto, que es una autopista que va derecho al aeropuerto, al llegar le pregunté por qué había tomado esa ruta. Me respondió que durante la noche era muy peligroso tomar la autopista porque pasa por encima de una favela. Mis sospechas fueron despejadas. No me gusta ser desconfiado, pero me pregunto si es necesario en este mundo en el que vivimos.
A partir de este punto se sucedieron la serie de colas, esperas, hacer tiempo, charlas, juegos, canciones pues llevaba el ukelele conmigo, cafés, debates filosóficos, siestas, probar comidas nuevas o conocidas, observaciones a otras personas, dibujos (dibujé en el aeropuerto de Curitiba a la ida y a la vuelta), hablar con extraños, abrazos, caricias, dar vueltas, mirar vidrieras, mirar adentro de los locales, pensar regalos, comprar regalos, embocar papeles en tachos, buscar bebederos, risas; y todas esas cosas que son parte de viajar con una prende-tuti, que son parte de la vida, son parte de la vida que es un viaje con una prende-tuti.
Esa misma noche, en la mesa del casamiento, nos fijamos en la aplicación turismocity los pasajes más baratos. Eran mucho más económicos de lo que nos habían dicho que podían salir, y casi los sacamos durante la cena, pero creo que necesitábamos tiempo para mentalizarnos; hacía pocas horas que la idea se había originado, aunque meses antes habíamos hablado de celebrar año nuevo fuera del país.
El día siguiente (17 de Diciembre) sacamos los pasajes. Las fechas de viaje eran un desafío porque el 30 de Diciembre teníamos un casamiento a la noche, por lo que tendríamos que viajar el 31 de Diciembre.
Finalmente Lucas y Santi no se sumaron porque no le dieron vacaciones a Santi.
Salimos el 31 de Diciembre a las 11:20 am desde aeroparque, habiendo dormido 3 horas y con un poco de resaca, para llegar a Río de Janeiro a las 20:45, previa escala en Curitiba. Las valijas ya estaban casi hechas antes de ir al casamiento, pero algunas cosas siempre hacen dudar: ¿llevamos campera?
Hecho el check-in y despachado equipaje, tomamos un café y un tostado. Belu me dijo que nunca sabía que podía esperar de mí y le pregunté si igual se casaría conmigo. Pasó el resto del viaje recriminándome y abriendo la discusión a otras personas que no podía hacerle esa pregunta tan ligeramente. Mi coartada era que había sido dentro de un contexto. Lo importante es que me respondió la pregunta original.
La cola fuera de migraciones era larga. Pero hecha esta cola había otra cola larga en migraciones que no teníamos contemplada, de esas que hacen con cintas retráctiles de tela que se conectan entre postes y te hacen zigzaguear de lado a lado. No hubiéramos tomado el café de saberlo. Calculabamos el tiempo que nos llevaría terminar la cola a partir del tiempo que habíamos tardado en hacer la distancia que habíamos hecho, o cuantas giros del zigzag habíamos hecho y cuantos giros nos quedaban por hacer, y el resultado era que no llegaríamos al avión. Le pregunté tres veces a la gente del aeropuerto, siempre a uno distinto, si podíamos saltear la cola, pero cada vez me dijeron que la gente de la aerolínea nos iba a venir a buscar si les faltaba gente. Personal de otras aerolíneas venía a buscar pasajeros retrasados, pero nunca de la nuestra, lo cual me hacía dudar. Constantemente me fijaba en la página de Aeropuertos Argentina (www.aa2000.com.ar), el estado de nuestro vuelo, y recién apareció "Embarcando" terminando la fila de migraciones, lo cual fue un alivio. Llegamos con la pantalla de la puerta de embarque diciendo "ÚLTIMO AVISO", lo cual nunca nos había pasado. No me arrepiento del café, fue un lindo momento.
El viaje en avión le da miedo a Belén, y me apreta fuerte cuando hay turbulencia. Terminando el viaje, hablamos de cómo aumenta la dependencia a la pareja a medida que pasa el tiempo. Me gusta pensar que esta dependencia también te da un soporte para animarte a hacer más cosas.
En Curitiba comimos y dormimos. Yo me puse a dibujar en el piso y me quedé dormido. Dentro del aeropuerto alquilan lugares por hora para dormir, una novedad para nosotros.
Llegamos a Río en horario, nos fuimos al mostrador de Unidas, la empresa donde alquilamos el auto, nos dijeron que como ya teníamos reserva nos tomarams directamente la combi hacia el sector de retiro de autos. Tratando de ahorrar plata, alquilamos el vehículo más barato ofrecido por booking.com, una camioneta Fiat Strada para dos personas. Después de reservarla desde Argentina, se nos ocurrió cambiarla por un auto con 4 plazas y compartir los gastos con Tincho y Marie, una pareja amiga que iba a pasar los mismos días en lo de Nico y Tais. Luego de que Tincho y Marie aceptaran, busqué opciones de cambio al día siguiente y ya estaban al doble de precio. Que bueno que habíamos alquilado uno barato a tiempo, y que pena que no íbamos a poder compartir. Sin embargo, tenía la esperanza de que les sobrara uno de 4 plazas cuando buscaramos el auto. Me ha pasado de que me den un auto de mejor gama porque no tenían disponible la gama que había alquilado. Cuando la recepcionista de la agencia vio el auto, se indignó de que nos hubieran dado un auto tan impráctico porque las valijas solo entraban en la caja (algo que no había pensado), y con lluvia se podían mojar o las podían robar en un semáforo. Así que nos dio un Peugeot 208 con solo mil km de uso, por el mismo precio. Mi predicción resultó correcta. Belén decía que estas cosas me pasan a mí y que no tenía que irse de mi lado. Le respondí que el haberla conocido era parte del buen karma. Según ella la razón de mi buen karma es que doy al universo. Ojalá tenga razón.
Además pre-pagamos un tanque de combustible a menor precio a cambio de devolver el auto con tanque vacío. Lo que no conseguimos fue GPS, vital para salir de Río sin inconvenientes, especialmente por el temor que le tiene Belén a las favelas. Algo de que no les estaban funcionando. Por suerte Belén tenía internet (datos) en su celular y usamos su GPS, aunque a veces perdía la señal. Días más tarde Tincho nos enseñaría que el GPS funciona sin internet, y que si te descargás el mapa antes de quedarte sin internet, que en mi caso hubiera sido en Argentina, podés navegarlo. Bueno saberlo. El debate luego fue sobre la necesidad de comprar un GPS, mi postura siendo que si el teléfono ya es un GPS, no hace falta. Quizás es un tema generacional, no le gusta ser dos años más grande que yo.
No quería contárselo para darle seguridad, pero estaba tensionado saliendo de Río. Agarramos bien todos los desvíos.
El desafío era llegar antes de la medianoche para celebrar año nuevo a tiempo. Traté de ir lo más rápido posible sin superar los límites de velocidad; hay muchas fotomultas en Brasil. La ruta estaba muy despejada. Nico me había compartido la ubicación del festejo en googlemaps por whatsapp, pero no se la compartí a Belén, lo cual fue un inconveniente porque cuando ingresabas la dirección escrita de la ubicación en el googlemaps, te llevaba a otro lugar. Yo confiaba, sin embargo, en mi recuerdo del lugar. El festejo era en la quinta de verano de los abuelos de Tais, en Iguaba, donde hace unos 9 meses se habían casado.
Llegamos exactamente a las 12 a la ubicación errónea, momento en el que Belén se enteró de que no tenía la ubicación exacta. Mi atención se dividía entre mirar los fuegos artificiales tranquilamente y seguir buscando la quinta. Las indicaciones en portugués de los transeúntes no nos ayudaban mucho. Belén, autodenominada y reconocida decodificadora de los que las personas dicen, no había activado aún su traductor interno. Se me ocurrió comparar la vista previa del whatsapp del mapa de la ubicación que me había pasado Nico, con el mapa del GPS del celular de Belén, y así la encontramos. Estábamos a 4 cuadras. El recuerdo del lugar a medida que nos acercabamos me emocionaba. A las 12:08 lo vemos a Nico trepado a las rejas, no sé exactamente qué estaba haciendo. Nos bajamos del auto y todos nos recibieron con exclamaciones de bienvenida y año nuevo. Habíamos llegado. Luego de conversar, comer y tomar, nos fuimos a dormir a un departamento que habíamos alquilado para las 3 parejas. Ahora que recuerdo, Belu y yo nunca lo pagamos.
Nos levantamos, tomamos mates y nos fuimos de vuelta a la quinta de Iguaba a pasar un día de sol, pileta, asado y voley. La última vez que habíamos jugado había sido hace nueve meses en esa misma cancha, el día después del casamiento de Nico y Tais. También dormimos una siesta en un pareo sobre el pasto, y se volvió a cumplir la ley de que Belén es más picada por los bichos que yo. El perro le dio un beso de lengua a Belén mientras dormía. Si yo lo hubiera hecho, se hubiese enojado más conmigo que con el perro.
A la noche fuimos a Arraial a la casa de Nico y Tais. Las parejas nos repartimos los cuartos y nosotros dormimos en la oficina de Nico. Teníamos que desarmar la cucheta y juntar las camas para dormir, y volver a armar la cucheta al despertarnos. Había una una estantería sosteniendo un conjunto ecléctico de elementos: riles de pesca, vendas para los pies, parafina para surf, pava eléctrica y otros varios artefactos de computación. Despejé dos estantes reacomodando los desacomodados objetos, y a pesar de que Belu me dijo que no hacía falta, los usó luego con gusto.
Los desayunos consistían en tostadas a cargo de Tincho, mates amargos por Marie, mates edulcorados por Belu, y tapioca con queso por mí; extrañábamos la tapioca. Nico ya se encontraba trabajando en el living.
Siendo 1 de enero y feriado, buscamos alguna playa tranquila y con olas. Magicseaweed.com era nuestro consejero. Decidimos ir a Barra do Una, al norte de Buzios, completamente desconocida; según la imagen satelital, a la derecha de la desembocadura de un río, justo en la curva de una ruta que bordea el mar, con agua marrón y poca gente. Nico nos desaconsejó ir bajo la lógica de que si estaba al lado de un rio iba a estar sucia. Yo personalmente le tenía fe. Sabiendo que el googlemaps te puede llevar por favelas, Belén pregunta: "¿Estamos seguros de que no pasamos por ninguna favela?". No conocemos el camino, pero el ir por avenidas y rutas, y el que hayan otros autos por el mismo camino nos dan un indicio de la seguridad del mismo. La ruta nos lleva a una zona agreste, verde. Brasil es un país muy frondoso. Nos ocurre diariamente que la mano contraria está plagada de autos; afortunadamente vamos a contramano del tráfico. Saliendo de Arraial a la mañans siempre vemos una larga fila de autos esperando entrar. Y llegando a la noche vemos la fila saliendo. No sabíamos que era un lugar tan turístico, el año pasado habíamos estado en Marzo. No entiendo porque la gente no va a otra playa con menos gente; la belleza de cada playa vacía no varía, pero con gente sí.
Llegamos al mar, donde la ruta gira para bordearlo e inmediatamente está la entrada. Hay pocos autos estacionados, hay poca gente, la playa es angosta, el agua marrón. Pregunto si nos queremos quedar. No quiero que el surf monopolice las decisiones del grupo, algo que podría ocurrir si no me autocontrol, pero sí Tincho y yo queremos buenas olas, un compromiso no siempre fácil de lograr. En mi caso, Belén dice que es feliz viéndome surfear, y le gusta mi cara de concentración (obnubilación) profunda cuando miro las olas, y alegría de niño cuando vuelvo de surfear. Antes de quedarnos en la playa, nos vamos a comer a un restaurante sobre la ruta más cerca de Buzios. El pescado frito es barato, pero con espinas y no muy sabroso.
Entramos a surfear con Tincho. Tenemos dos tablas, un shortboard convencional 6'2", y un 6'4" ancho y grueso que le recomendé a Nico que se compre para aprender hace 2 años; aunque no la usó mucho, prefiere andar en kayak. Amo la 6'4", si bien es una tabla estable (¿una establa?) y buena para aprender, me pregunto si inconscientemente le dije a Nico que la compre para usarla yo. Él me contó la cara de niño feliz que puse la primera vez que la vi. Y como pienso que a Tincho le gustará como a mí, se la ofrezco constantemente; me entero luego de que prefiere siempre la 6'2", excelente.
El mar se parece al Río de la Plata. Olas chicas, una atrás de la otra (período extremadamente corto), ventosas, y marrones. Hay bastantes bolsas y demás basura. Casualmente la noche anterior Tincho nos contó que en Punta Lara surfea con amigos en el Río; me mostró un video con olas totalmente válidas que rompen al lado de una pared. Yo le conté que el sueño más recurrente que tengo es que el Río de la Plata tiene olas.
Intentamos divertirnos con las olas que hay. Intentamos que las chicas aprendan. Belén se para en dos olas. Es difícil lograr que Belén surfée consistentemente, siente mucha culpa cuando yo no surfeo. Luego vuelvo a surfear y el viento del mar ha aumentado progresivamente el oleaje. Decidimos ir para Geriba, una playa en Buzios muy linda y con olas. El estacionamiento en la calle es municipal y pago. Las casas en Geriba son las más lindas que vemos en el viaje, pero el nivel de basura en la playa nos sigue pareciendo que podría (debería) disminuir. Esta playa sí es más lo que esperamos de Brasil, menos la basura. Acá también están chicas las olas, pero nos metemos igual. Marie tiene una cámara fotográfica muy buena, de esas que tienen lentes intercambiables, y nos ponemos contentos porque eso significa que tendremos fotos surfeando. Cuando volvamos del viaje nos daremos cuenta que Marie sacó muchas fotos del momento sin que nos demos cuenta. Disfrutamos hasta que cae el sol.
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| Entrando al mar en Geriba. Foto: Marie Funes. |
A la vuelta Belén pregunta si vamos a volver por el mismo camino de la ida, que fue moderadamente faveloso. Le respondo que no. Pero sin darme cuenta volvemos por donde vinimos, de noche, y vamos reconociendo algunos lugares. Belén se pone nerviosa, yo me pongo nervioso, el GPS también porque se pierde, pero Marie y Tincho están tranquilos, lo cual ayuda. Nos perdemos unos minutos en la noche en un barrio, pero rápidamente recuperamos el sendero, no sin un poco de tensión.
Nos vamos turnando quien cocina a la noche; Marie y Tincho, Belu y yo, Nico y Tais, o el cocinero de algún restaurante. Una noche pedimos sopa o guiso de mariscos dentro de un zapallo, una delicatessen de Arraial. Sobró mucho, y lo comimos como sobras una de las últimas noches, junto con las sobras de todas las otras comidas.
Al día siguiente fuimos a Praia do Peró, entre Cabo Frío y Buzios. No aparece en el magicseaweed como un spot surfero, pero Tais nos dice que suele haber olas, lo cual Tincho chequea de acuerdo a la orientación de la playa y la dirección del swell, es decir, desde donde vienen las olas. La playa enfrente al pueblo Peró parece estar llena, y con poco lugar para estacionar. Bordeamos la costa alejándonos del centro hasta que nos señalan un estacionamiento a 10 reales, lo mismo que estacionar en la calle, en lo que parece ser el jardín de una casa frente al mar. Estacionamos y caminamos a la playa. La elección del lugar de asentamiento en la playa combina cercanía a las olas y amplio espacio. El día está más soleado que el anterior, y necesitamos una sombrilla, que por suerte alquilan. A pesar de ver surfistas en el agua, la ansiedad por encontrar olas nos hace pensar que no las hay luego de 30 segundos de evaluación; pero el mar nos demuestra lo contrario, hay que esperar la serie. Afortunadamente hemos estacionado frente al pico. Luego de la crema solar mandatoria, entramos al agua y surfeamos mucho. Justo en el pico, donde está acumulada el arena que permite que las olas rompan, es donde se meten los bañistas-no-surfistas, que impide aprovecharlo al máximo. Intentamos surfear lo más cerca al pico evitando ponerlos en riesgo, la tabla es un elemento contundente y las olas tienen fuerza. O nos sentamos en el pico y visualizamos los posibles recorridos para no atropellar a nadie. También investigamos otros picos cerca.
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| Lindas olas en Praia de Peró. Fotos: Marie Funes. |
Vinimos preparados con una vianda térmica con mucha fruta, que sorprendentemente nos satisface todo el día. Lo único externo que compramos fueron palos de queijo, que Belu no puede evitar comer. Los vendedores playeros de palo de queijo llevan en una mano una caja de metal con carbón encendido adentro, sobre el cual cocen el queijo sin que éste toque el carbón; y en la otra mano los palos de queijo crudos. Te preguntan si lo querés con o sin orégano. El vendedor nos ofrece una unidad a ocho reales, dos a siete cada una y tres a seis cada una. Sólo queríamos tres porque Marie no come, pero terminó vendiendonos cuatro a veinte reales. En ningún momento le regateamos. Era muy carismático y nos sacamos una foto con él.
Suelo preguntarme como será vivir en un pueblo costero pequeño. ¿Me aburriré de surfear? ¿Me pondré exquisito con las olas (lease, "no surfeo debajo de tal tamaño", o "si está muy soplado ni entro")? La respuesta depende de la razón por la que uno surfea: para pararse en la tabla, o para pararse en la tabla y disfrutar del ambiente marino y hacer la mejor actividad física del universo.
También llevábamos a la playa 2 termos con agua caliente para el mate y otro con agua fría. Si uno de los termos de agua caliente se enfriaba, pasaba a ser agua tibia para la sed.
Entrada la tarde subió la marea y dejaron de romper las olas en el banco, para que la energía de las olas sea concentrada casi exclusivamente en la orilla. Momento que aprovechamos para pasarlo con nuestras novias. A media tarde le sugiero a Tincho ir a surfear a Praia Grande de Arraial, que seguro rompía mejor, pero me contra-sugiere esperar a que baje la marea y vuelvan a romper las olas. Ir a otra playa o quedarse es un dilema que sufre todo surfista. La posibilidad de surfear en un lugar mejor se contrapone al riesgo de surfear peores olas habiendo renunciado a un lugar mejor. Por otro lado, se prefiere también quedarse en un mismo lugar para conocer mejor la ola que se está surfeando, establecer un lazo más profundo con ella, y estar menos tiempo viajando. Uno se relaja y enfoca más cuando se compromete a una ola, y disfruta más del momento.
Su predicción resultó acertada y vivimos una tarde mágica con el sol a nuestras espaldas iluminando los morros, el agua turquesa, las olas, y nosotros.
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| Atardecer mágico en Praia de Peró. Foto: Marie Funes. |
De vuelta a la casa, le agradecemos y felicitamos a Tais por darnos la posta: salían olas en Praia do Peró.
La mañana siguiente llueve. La primera vez desde que llegamos. Nos dijeron que Belu y yo habíamos traído el sol. El día empieza más tranquilo de lo normal y sin un destino claro, o sin destino. Pero no hay relación directa entre el clima en la playa y las olas, por lo que decido ir a surfear a Praia Grande de Arraial y solo Belu me acompaña. Ella disfruta de observar mi alegría por surfear. Vamos con sombrilla para que no se moje. En la playa hay dos adolescentes con una pelota de fútbol y haciendo ejercicios serios de entrenamiento. No hay muchas olas, pero hay un pico donde rompen algunas olas con potencial. Los primeros 40 minutos no puedo elegir las olas adecuadas, todas cierran o no tienen fuerza. Salgo un ratito y le pregunto a Belu como está. Todo tranquilo. Nos damos unos besos y vuelvo a entrar. Esta vez agarro 4 o 5 olas con excelente recorrido y velocidad. Cuando preguntan en la casa sobre las olas, la opinión de Belu es que había buenas olas, considerando las últimas que surfié. No puedo estar 100% de acuerdo. Estaba muy difícil de leer el mar; y las olas que agarré fueron un premio al esfuerzo, a la perseverancia, a la pasión, y a las horas en el agua. En Diciembre de 2017 conocí al papá de Lucas Santamaría (surfista profesional argentino), quien es entrenador de surfistas, y me dijo que es fácil surfear bien cuando las olas están perfectas, el desafío es cuando el mar está difícil de leer.
A la tarde, aún con lluvia, vamos a conocer Praia Brava, es un pequeño estrecho de arena en la punta de morros de Arraial do Cabo. Nico nunca fue. El camino es muy lindo. Con auto se llega hasta un estacionamiento adoquinado y frondoso, y luego hay que caminar. Caminando por un sendero se llega hasta un punto y luego las rocas resbaladizas con pendiente hacia el mar nos hacen desistir de llegar a la Praia Brava para preservar nuestra seguridad. La playa brava se observa tapada por el mar. No puedo evitar surfear con la mente (del inglés mindsurfing), pero la espuma (energía) de las olas golpea rebota contra los acantilados, lo que genera luego una onda en la dirección contraria de la olas entrantes y una deformación en su figura, que sería difícil de surfear. La energía no se crea ni se destruye. Al no inmutarse el acantilado, la energía de la espuma es devuelta al mar como una pelota de tenis contra un frontón, y otra parte de la energía se transforma en sonido y rozamiento del agua con el agua y el agua con la roca.
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| Camino a Praia Brava de Arraial do Cabo |
Parados en la parte alta de un morro vemos que efectivamente estamos en una punta (Cabo significa pequeña península que entra al mar y Arraial es un pueblo o aldea de pescadores): a la izquierda la playa abierta y larga de Arraial, y a la derecha la Praia do Foguete que se extiende hasta su otro extremo que es Cabo Frío. Tratamos de ir a otra playa linda pero la lluvia inundó el camino.
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| Vista desde la Punta de Arraial do Cabo |
El día siguiente es sábado. Nico no trabaja y puede acompañarnos a la playa desde la mañana. La playa elegida es Praia do Forno. Nico y Tincho van en kayak desde Praia dos Anjos. Tais, Marie, Belu y yo vamos caminando. Praia Forno está en una reserva natural, y antes de entrar al sendero que te lleva a la playa hay personas que chequean que no vayas a entrar con parlantes. Al ser fin de semana y al ser una playa linda y segura (es una playa sin olas), está repleta de gente. 100 de gente y 0 de ola; una combinación de cualidades que nos haría a Belu y a mí descartarla sin pensarlo. Pero estamos en grupo, con amigos, y la idea es disfrutar el compartir el momento. Hacemos snorkel, el agua es muy transparente y hay peces, nos sacamos fotos, tomamos mates, charlamos, juego al pelota-paleta con una nueva niña amiga. Nico y Tincho vinieron en un kayak inflable y otro hueco de plástico duro. El segundo flota porque el cuerpo tiene aire adentro, pero no tiene cabina cerrada como uno de carrera, por lo que no se puede hundir por entrada de agua a la cabina, que es abierta y de hecho tiene agujeros que conectan el agua con la cabina abierta. Si bien es para una persona, el límite de peso era suficiente para Belu y yo, y emprendimos viaje mar adentro bordeando el morro de la izquierda. Belén se asustó porque estaba entrando agua al kayak, e intensamente intentaba sacarla con la mano; hasta que le dije cómo era el kayak. Frenó de repente, y permaneció un segundo de silencio evaluando la situación, hasta que se rió tímidamente de vergüenza.
Pasamos por un restaurante flotante, con barcos amarrados y música fuerte. Continuamos para alejarnos del ruido. Con cada nuevo recoveco que investigabamos queríamos pasar al siguiente. Hasta que empezamos a sentir el suave meneo de ondas marinas pasando bajo el kayak. Aunque todavía cerca del morro, estábamos bastante lejos de la playa, que ya no se escuchaba, y expuestos a las ondas crudas del mar. El saludo amistoso del conductor de una lancha me hizo pensar que no estábamos en peligro. Doblamos a la izquierda más allá de una punta esperando encontrar playa de arena, pero solo morro. Decidimos volver, y nuestra vuelta marcó el regreso del grupo a la casa.
Una vez desensillados, y todavía habiendo luz, nos miramos con Tincho insinuando "¿vamos a surfear?". Nos metemos en Praia Grande con olas pequeñas pero divertidas. Me hacen acordar a Pinamar. Surfeamos una hora sin parar, hasta que debo volver, esa noche cocinamos Belu y yo. Por suerte las compras las habíamos hecho a la mañana. Tincho me acompaña. Belu cocinó su merluza con queso y especias envuelta en papel aluminio y yo mi ensalada de mango. Sinceramente creía que al pescado le faltaba más cocción, pero no quería entrometerme en la cocina de Belu. Sentía que la autopresión por terminar el plato para comensales hambrientos nublaba su criterio. Aunque el plato fue un éxito, sigo pensando que le faltaba tiempo en el calor. Podría haber llegado hasta el límite de su tolerancia para quedarme tranquilo de que mi influencia fue suficiente sin ser invasiva.
La mañana siguiente Nico no había llegado aún; se quedó toda la noche jugando al póker en Cabo Frío. Fuimos a probar suerte a la playa de Cabo Frío. El camino pasa muy cerca de Praia do Foguete, y desde él vimos buenas olas. La dirección del swell parecía favorecer esta playa. Por las dudas fuimos a ver las condiciones de Cabo Frío. Tardamos 1 hora en hacer 6 km, y no había olas, por lo que volvimos al primer lugar. Había mucho sol y desafortunadamente nos habíamos olvidado una sombrilla. Con Tincho fuimos a buscar a las varias posadas enfrente a la playa, pero ninguna alquilaba; "No se la juegan", como decimos con Tincho. Un puesto en la playa alquilaba pero no tenía disponible. Volvimos derrotados. El último recurso, según mi mente, era ver alguna sombrilla sin usar y pedirla. Vemos a una pareja dejar una sombrilla sola y, por los colores de la misma, parece ser de una posada. Sin dudarlo voy a hablar con la pareja en mi mejor portugués. Resultan ser correntinos, y muy buena onda. Me dicen que si la posada nos dejan no tienen problema; ellos van a descansar del sol y almorzar. Hablo con el conserje y me dice que si los dueños de la habitación no tienen problema, ellos tampoco. Como nadie tiene problemas, nos quedamos con la sombrilla hasta que los correntinos vuelvan. Qué genios los correntinos.
Mientras caminaba con ellos hacia la posada y les explicaba nuestro pedido, vi que iban cargados de cosas así que le ofrecí una mano a la mujer y le llevé una heladerita. Tincho me contó luego que mientras observaba la situación pensaba "Teddy ofrecele llevar algo, Teddy ofrecele llevar algo, Teddy...".
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| Praia do Foguete. Foto: Marie Funes. |
Con sombrilla asegurada nos metimos al mar con Tincho. Las olas no estaban tan buenas como parecían de afuera, pero seguían siendo olas y nosotros seguíamos con ganas de surfear. A veces ocurre lo contrario con las olas, parecen malas de afuera y son geniales de adentro.
Fuimos con Belu a comprar el almuerzo, papas fritas con queso derretido, a una casa hecha restaurante, a una cuadra de la playa. Un brasilero corpulento me ayudó a traducir "rabas", que no había, al portugués. Resultó ser un ex nadador profesional y competidor olímpico, actualmente entrenador. Nuestro pedido tardaría, así que volvimos a la playa. Cuando llegamos a la calle bordeando la playa, empezamos a escuchar un griterío. No entendíamos que ocurría porque había dunas entre la calle y la playa que interrumpían nuestra visión, pero interpretamos que eran tiburones porque lo poco que podíamos ver era gente apuntando al mar hacia dos surfistas. Al rato pasa el ex nadador corriendo por al lado nuestro, y cuando finalmente llegamos a la playa vemos a un cuerpo flotando a punto de ser rescatado. Pensé en unirme al esfuerzo rescatista, pero ya había muchas personas y sentí que lo entorpecería. Usaron las tablas de los surfistas para sacarlo, mientras otros le daban golpes en el pecho. Cuando finalmente lo sacaron del agua lo vimos más de cerca; simultáneamente llegaba un cuatriciclo con guardavidas. Parecía un adolescente, flaco, alto, de tez oscura y con rastas. Tenía espuma en la boca y el color de piel, la mejor forma que encuentro para describirlo es más cercano a la muerte. Pensé que había ocurrido lo peor, pero afortunadamente nos comentaron que se había salvado. Un helicóptero rojo vino a buscarlo para llevárselo a un centro de atención. Hubo que despejar la playa para que pueda aterrizar. El movimiento de la hélice volaba fuertemente el arena.
Fuimos a hablar con Marie y Tincho para ver cómo estaban; seguro que bien pero dada la situación fue lo que me surgió. La encontramos sólo a Marie, quien nos dijo que Tincho había sido el primero en llegar nadando hacia el rescatado. No lo podíamos creer. Tincho es un héroe. Fui a buscarlo donde estaban atendiendo al rescatado en la arena. Nos contó de su impresión al estar tan cerca de él, y de que no hubiera podido sacarlo sólo. Hablamos de nuestra sorpresa de la poca presencia de guardavidas. Marie y Tincho nos contaron de que lo vieron moviendo los brazos hasta dejar de hacerlo. ¿Cómo es que se metió al mar, posiblemente en una zona peligrosa, fue arrastrado hasta lo profundo, movió los brazos, y ningún guardavidas le prestó atención?
Vimos mucha gente filmando y sacando fotos al helicóptero aterrizando y despegando. No se me había ocurrido. Creo que me producía una contradicción registrar un hecho espectacular cuyo origen había sido uno catastrófico. No creo que esté mal hacerlo, era solo mi sensación. La contradicción es mayor en este caso por la cercanía temporal de los eventos, incluso mientras veíamos al helicóptero, el rescatado no estaba aún recuperado, sólo vivo. Distinto sería un recital de una banda musical conocida para recaudar fondos para ayudar a las víctimas de alguna catástrofe, donde la distancia temporal y física de los hechos es mayor. En este caso, sacar fotos del espectáculo no me hubiera impresionado tanto.
No nos dejó mucha hambre la experiencia, pero ya habíamos hecho el pedido. Cuando con Belu trajimos las papas fritas con queso ya habían vuelto los correntinos de la sombrilla y nos quedamos al sol; por suerte ya no pegaba tanto, pero lo suficiente para habernos saturados de él, y a la hora nos estábamos volviendo.
De vuelta en Arraial, fuimos a Praia Grande con Nico y Tais. Los 6 disfrutamos el atardecer tomando mates, sentados en la arena frente al mar, hablando de la vida, mientras Marie sacaba fotos; yo le robé la cámara un ratito. Dada la orientación de Praia Grande, especialmente la punta norte de la playa, donde está Arraial, el sol se pone en el mar.
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| Atardecer en Paria Grande de Arraial do Cabo. Foto: Marie Funes. |
A la noche terminamos de ver la última edición de Blade Runner, la habíamos empezado una noche anterior hasta que nos quedamos dormidos. En una escena, el protagonista ahoga a otra persona. Pensaba en Tincho y lo que estaría pasando por su cabeza. Pensaba en cómo las películas normalizan situaciones de violencia que miramos insensiblemente, y hasta queremos que ocurran, pero que si las viviéramos en carne propia nos traumatizarían. Quizás es el objetivo del cine, sentir que hacemos todo eso, por más lejano de la realidad que sea.
La mañana siguiente teníamos que volver a Río. Marie y Tincho volaban a Buenos Aires a fin de tarde. La decisión era si arrancabamos el viaje antes o después de almorzar. Siendo que era último día del fin de semana (léase domingo) y aumentaría el tráfico a lo largo del día, decidimos salir y almorzar en el camino en Kiosque do Alemão, sugerencia del papá de Tais.
La ruta antes de llegar a la autopista BR-101, pasa obligadamente a pocas cuadras de Praia do Foguete, tan cerca que se pueden ver las olas. Mi tradición al irme de cualquier playa es ver el mar una última vez, así que hice la pregunta retórica si querían ver el mar, o la pregunta que es una especie de anuncio, doblé a la derecha y paseamos lentamente por la calle empedrada que bordea la playa. El intenso viento cruzado del día anterior había dejado sus rastros en las lindas olitas que rompían ordenadamente pues eran recibidas por el viento de tierra. Despedirse del mar así es doloroso y hermoso; no lo cambio por nada.
Camino a Río jugamos a adivinar de qué película o serie de televisión eran las canciones que Belu reproducía en su celular, tenía una lista preparada para el juego. Yo agregaba canciones a la lista cantándolas, y Belu se reía porque nadie las adivinaba.
Luego de almorzar en el Kiosque do Alemão, manejó Tincho. Me interesaba que viva la experiencia de manejar un auto en Brasil. Llegando a Río me empecé a poner nervioso por el acercamiento a las favelas, y empecé a prestar mucha atención al GPS. Nueve meses atrás había manejado por Río, solo y acompañado, y nunca me puse nervioso. Pero al estar con Belu, me preocupaba por ella. A menos de 1 km del aeropuerto, ignoramos conscientemente una salida para llegar a él, y decidimos hacerle caso al GPS y seguir derecho. En lugar del aeropuerto Galeão llegamos a la ciudad Galeão, que no era muy linda y nos pusimos un poco nerviosos. Rápidamente retomamos y llegamos. Me hizo pensar en cómo le hicimos caso al GPS, una computadora, antes que a nuestro raciocinio. Quizás es verdad que el mundo será dominado por computadoras. O quizás nos es más cómodo que otros tomen decisiones por nosotros.
Entregamos el auto en perfectas condiciones. En Arraial, antes de arrancar viaje, aspiré el auto. Hace 9 meses nos habían cobrado recargo por devolver el auto muy lleno de arena. Esta vez, a decir verdad, se había roto algo minúsculo, quizás lo más pequeño que un auto puede tener. Cuando uno abre el baúl de un auto sin cola, la bandeja trasera (el plástico interior que cubre el baúl del auto, ubicado detrás de los apoyacabezas de los asientos traseros) se levanta también porque está enganchada con un hilo a cada lado a la puerta del baúl. Uno de los dos pitutos que enganchan estos hilos a la puerta del baúl se había salido abriendo el baúl con una tabla apoyada en la bandeja, generando tensión en el hilo por el peso extra, y el consecuente desprendimiento y pérdida del pituto. Llamo pituto a cualquier pieza de utilidad práctica de tamaño menor a la yema de mis dedos. Para disimular la pérdida, Tincho usó un plastinudo (alambre cubierto en plástico negro para cerrar la bolsa del pan lactal). Quizás hoy siga funcionando sin que se hayan dado cuenta. Devolvimos el auto con el último octavo de tanque, sin tener que cargarlo una sola vez.
Nos despedimos de Tincho y Marie en el aeropuerto y nos tomamos un taxi de aplicación de teléfono celular estilo Uber pero llamado 99 hacia Copacabana. No hizo falta que nos bajemos la aplicación porque lo podías pedir desde el aeropuerto. A diferencia de en Argentina, los taxis de aplicación están oficializados y hasta tienen un sector dedicado para ascenso y descenso de pasajeros. Aprovechando que Tincho y Marie viajaban dos días antes que nosotros, y que ibamos a tener que venir a Río para tomarnos el avión de vuelta, se nos ocurrió venir a conocerlo por dos días, y reservamos un hotel en Copacabana.
Siendo que en Copacabana no hay olas surfeables, ya había declarado que no me importaba no surfear por dos días. Pero cuando nos despedíamos en Arraial, Nico comentó que entre Copacabana e Ipanema, cerca de donde estaba nuestro hotel, está la playa Aproador donde se surfea. "¿¡En serio!?", pregunté visiblemente con mucha alegría, lo cual hizo a Nico reírse y decirme que no puedo con mi genio.
Cada vez que hablo con alguien que vive en una ciudad costera, en este caso el chofer del 99, le pregunto si surfea. Aún me sigo sorprendiendo cuando me dicen que no. ¿Cómo viviendo todo el año cerca del mar no aprovecha para hacer el deporte más lindo en la historia de la humanidad? Y luego me pregunto porqué no estoy yo viviendo más cerca del mar.
Esa tarde-noche en el hotel me puse a averiguar a donde podríamos ir, hasta que me di cuenta que íbamos a estar únicamente dos días, y lo que más me gusta, y nos gusta, es salir a caminar relajados e ir encontrándnos con los lugares y la gente. Luego de dar unas vueltas en la noche, comimos sushi. Nos habían comentado que el sushi del estado de Río de Janeiro era muy rico, y éste lo era.
El día siguiente desayunamos en el hotel. En Brasil aprovecho a comer fruta que no hay en Buenos Aires, como papaya y guayaba. El hotel estaba en la punta sur de la playa de Copacabana y caminamos hasta la punta norte, que se llama Praia Leme. En el medio nos metimos al mar, que lamentablemente tenía bolsas, grabamos videos, sacamos muchas fotos, hablamos con un hombre usando el detector de metales que encontraba monedas en la arena, consideré comprarme una sunga mientras Belén miraba bikinis. Por suerte Belu se prende con mis ideas de videos y fotos. Como ella dice, es prende-tuti. Es lindo viajar con un prende-tuti. Llegando a Praia Leme, donde las olas rompían más alejadas de la orilla y algunas olas abrían y parecían surfeables, hice mucho mindsurfing, cuya traducción menos cómoda al español es "surfear con la mente". Me es inevitable mindsurfear (mi traducción más cómoda). Cuando en una película están en la playa, cuando en el verano un reportero de noticias tiene el mar de fondo, y hasta viendo olas miniatura en el Río de la Plata o en algún lago. Volvimos al hotel caminando a una o dos cuadras de la playa, para una versión más citadina. Todos los edificios tienen un estilo de los 60/70's, como de la película Scarface.
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| La vista de Copacabana desde Praia Leme |
Almorzamos en un restaurante donde estaban pasando un video de surf sobre un surfista brasilero, Jean Da Silva, que se había suicidado hace pocas semanas. Me cuesta entender que a una persona que le pagan por viajar y surfear pueda querer terminar esa vida. El evento originó una nota sobre el tabú de la depresión en el surf, mencionando a un doctor en Francia que receta surfear a sus pacientes con está enfermedad. Mi incredulidad creo que resulta de una teoría que tengo que es que vemos la vida como si fueran imágenes estáticas, cuando la vida es un contínuo movimiento. En mi caso, la imagen que veo es la de playas paradisíacas, surf, atardeceres, experiencias; pero la vida tiene muchas más horas que ese simple cuadro de 0.002 segundos, que es el tiempo estándar que un obturador se abre para captar la luz que luego se transforma en una fotografía. Me pregunto si sobre estas horas se trata la Insoportable Levedad del Ser, novela que nunca leí. Es una visión un poco triste de la vida con la cual no me siento identificado; amo mis horas.
Luego volvimos al hotel, nos sacamos más fotos desde la terraza que tenía un vista completa de Copacabana, usamos la pileta y descansamos un poco. No es que tuviéramos particulares ganas se usar la pileta, pero al estar disponible queríamos disfrutarla un poco.
En la última hora de sol fuimos a Aproador, que para entrar hay que pasar por una plaza muy linda, que es el Parque Garota de Ipanema. Había una clase abierta de yoga y un partido de beach voley pero jugado con los pies. Y había también surfistas. Mis ojos activaron el modo detección de alquiler de tablas, resultando negativa la búsqueda. Había sin embargo una casilla de guardavidas con algunas tablas apiladas. Le pedí a Belén todo el efectivo que teníamos, aproximadamente 13 reales. Me metí en el recinto, subí las escaleras y al encuentro de un guardavidas le pregunté si alquilaban tablas. Para mí sorpresa dijo que sí. Lo negativo fue que me dio la peor tabla que alquilé en mi vida. Era una tabla para principiantes, con la parte superior (donde uno se apoya) y los bordes cubiertos con gomaespuma moderadamente acolchonada, razón por la que a estas tablas se las llama soft tops (que significa "parte superior suave"). No tengo problemas con este tipo de tablas, son muy divertidas en olas chicas, aunque no era éste el caso; pero la gomaespuma estaba desgarrada, la tabla era muy pesada, y la quillas muy chicas, por lo que iba a ser difícil cambiar de dirección en la ola. Las quillas de la tabla, algunos le dicen "aletas", son como la quilla de un velero, permiten mantener firme el curso. El aleta de los delfines y tiburones, y de otro vertebrados acuáticos, también sirve para mantener una dirección estable, y por eso no digo que está mal decirle a la quilla "aleta". Las quillas evitan que la cola de la tabla "patine" cuando dobla.
Pero meterse al mar, sin importar su estado, siempre me gusta y suma a mis horas de surf. Usar variedad de tablas incrementa la sabiduría en su elección de acuerdo a las condiciones del mar, y abre el abanico de sensaciones sobre las olas; cada tabla responde distinto.
Cuando devolví la tabla, el guardavidas me dijo que el día siguiente me podía conseguir una mejor, pero nos íbamos. Esa noche, en lugar de comer afuera, compramos en el súper y cenamos en la cama. Dormimos y nos levantamos a las 4:30 am. Habíamos preguntado si nos podían preparar el desayuno a esa hora, pero no. En el taxi camino al aeropuerto me iba fijando en el googlemaps la ruta que íbamos haciendo, preocupado de que vaya por un camino más largo para cobrarnos mas. Viendo que nos desviamos bastante del camino recto, que es una autopista que va derecho al aeropuerto, al llegar le pregunté por qué había tomado esa ruta. Me respondió que durante la noche era muy peligroso tomar la autopista porque pasa por encima de una favela. Mis sospechas fueron despejadas. No me gusta ser desconfiado, pero me pregunto si es necesario en este mundo en el que vivimos.
A partir de este punto se sucedieron la serie de colas, esperas, hacer tiempo, charlas, juegos, canciones pues llevaba el ukelele conmigo, cafés, debates filosóficos, siestas, probar comidas nuevas o conocidas, observaciones a otras personas, dibujos (dibujé en el aeropuerto de Curitiba a la ida y a la vuelta), hablar con extraños, abrazos, caricias, dar vueltas, mirar vidrieras, mirar adentro de los locales, pensar regalos, comprar regalos, embocar papeles en tachos, buscar bebederos, risas; y todas esas cosas que son parte de viajar con una prende-tuti, que son parte de la vida, son parte de la vida que es un viaje con una prende-tuti.









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