Recorriendo la Costa de California - Día 1 - La Ida, y un poco antes también - 2019

El día de la ida-- Nos levantamos en Cocoa Beach. Quiero ir a ver el mar, que está a 3 cuadras, pero no tenemos tanto tiempo hasta nuestro vuelo, y Belu se pone nerviosa cuando me organizo con muy poco margen de tiempo o margen negativo. Es la primera vez que me voy de una playa sin ver al mar por última vez. Bueno, siempre existe la última, pero sin ser consciente de ella y sin decirle "chau, hasta la próxima, y gracias por todo".
Luego de una semana visitando los parques de Disney y Universal en Orlando, Florida, aprovechamos la cercanía de 1 hora y pasamos un día en la ciudad costera Cocoa Beach, donde nació Kelly Slater, el mejor y más conocido surfista de la historia. Nos quedamos en un airbnb, el primero de muchos durante el viaje.

El día anterior a la ida-- En Cocoa Beach hicimos Stand Up Paddle, más conocido por sus sigla SUP, que consiste en pararse en una tabla en el agua y remar con un remo. Y si en el agua hay olas, las podés surfear. Cuando la conocí a Belén, a principios de 2017, me dijo que su objetivo del año era aprender a surfear, por lo que nuestra relación parecía muy conveniente para cumplir su objetivo. Pero hasta hoy no se materializó completamente por una mezcla de que aparentemente no soy tan buen profe de surf como pensaba, y de que le da pena "sacarme tiempo" de surf por estar enseñandole. Cuando me dijo entonces que le divertía hacer SUP, lo tomé como una oportunidad para estar juntos en el mar. Y fue lo primero que hicimos.

Era dificil mantenernos parados porque el mar estaba muy picado, por suerte con olas chicas para pasar fácil la rompiente. Empezamos remando mucho arrodillados, pero con el tiempo le fuimos agarrando la mano, o agarrando el pie, y cada vez nos manteníamos más tiempo parados. Progresivamente fuimos entendiendo como posicionar nuestro cuerpo para no caernos. El reposicionamiento era constante por estar picado (movido) el mar, lo cual exigía mucho a los músculos de nuestras piernas. Finalmente, nuestra destreza era completa y resistíamos la embestida de cualquier olas que pasara por debajo de nuestras tablas. Estaba muy orgulloso de ambos. Devolvimos las tablas y, como aún nos quedaba tiempo de alquiler, yo cambié la mía por un shortboard para surfear un rato. Las olas estaban muy chiquititas, pero nunca es una excusa para no surfear.

Atardecer en Cocoa Beach


Cenamos carne disecada y arroz con pollo que se hacía con 90 segundos de microondas, todo comprado en una farmacia. Típico de Estados Unidos. Compramos con hambre pues fue después de la tarde de playa y mar, así que nos sobró comida.

El día siguiente nos íbamos a San Diego e hicimos las tres valijas de manera de no superar los 18 kilos de bodega permitidos por la aerolínea Spirit. Fue una tarea dificil porque Belu se compró muchísimas cosas para su trabajo que pesan mucho. Por suerte ella trajo una balanza de valijas y fuimos tratando de llevar lo más pequeño y pesado (es decir, lo más denso) en el equipaje de mano. Para saber que era lo más denso, usamos la balanza de valija para pesar ítems individuales como cinturones, perfumes o sobresitos de avena rápida. Terminamos con un peso de 17 y pico en cada valija, y 12 y 9 kilos en nuestras ambas mochilas, sumado a que viajaría con campera de esquí para llevar muchas cosas en bolsillos. 

El día de la ida-- Desayunamos lo que había sobrado de la cena más lo que habíamos comprado para el desayuno. Lo que sobró del desayuno lo llevamos al aeropuerto, a pedido mío que no me gusta tirar comida. Antes del control de seguridad me comí todo el queso con galletitas saladas, y la fruta pasó el control. Puede ser incómodo andar llevando la comida que sobra, pero me lo banco y después lo terminamos agradeciendo porque siempre tenemos alguna frutita para comer. Lo más complicado son las bananas porque son muy frágiles. La manzana es una buena fruta viajera.

Cuando pudimos despachar todas las valijas sin sobrepeso, apenas debajo del límite, nos pusimos muy orgullosos de cómo habíamos organizado la distribución de pesos y nos sentíamos ingenieros del sobrepeso. Ahora nos tocaba cargar mucho peso en las mochilas. Esperando en la puerta de embarque, la mamá de Belu, la gran Clota, nos avisa que el vuelo estaba retrasado, aunque en la puerta no decía nada. Lo gracioso es que Clota ya desde Cocoa Beach nos había ido dando información del tiempo y lugares de interés. Efectivamente el vuelo estaba retrasado dos horas, y la conexión en Dallas a San Diego nos quedaba de veinticinco minutos, pero nos aseguraban que llegábamos a hacerla. Ya sentados en el avión me llaman por el altoparlante junto con otros para que vaya a la puerta del avión. Me piden que me baje porque no iba a llegar a la conexión. Lo raro fue que no la llamaron a Belu, que se bajó conmigo. El próximo vuelo disponible desde Orlando era el día siguiente, por lo que perderíamos un día y una noche de hotel en San Diego. Una australiana se puso a llorar y la consolé un poco (1). Encima la aerolínea decía que no se haría cargo de ningún gasto de hotel porque el retraso había sido por mal tiempo. Pensamos en exigir alguna compensación, pero sumado a que desconocemos la legalidad en estos casos, nos urgía llegar a San Diego esa misma noche y dedicamos la energía a eso. Por suerte había un vuelo desde Tampa en cuatro horas, y nos dijeron que Tampa estaba a una hora en auto. Decidimos alquilar uno, al que se sumó la australiana. Una pareja que nos escuchó se sumó también; así que éramos cinco en el auto. Traté de alquilar auto en booking.com pero era más fácil ir directo a mostrador.

La australiana se llamaba Dani, había hecho un programa work and travel (trabajar y viajar) en Vancouver, Canadá, en un centro de esquí y ahora estaba recorriendo y por encontrarse con su reciente novio alemán que conoció en Canadá. La pareja eran Carol y Taqui, viven en Oceanside, San Diego County, y estaban visitando a la madre de Carol que vive en Orlando. Taqui tiene un hotel en Grecia hace varios años con el hermano, pero se queja que no puede sacar la plata del país, y Carol, que pensaba que Argentina estaba en Europa, es mesera en un restaurante en Oceanside. Carol nos mostró que traía aceite de cannabis, legal en California. Justo el día anterior había leído una noticia de que en Disney habían arrestado a una señora por tener aceite de cannabis que usaba para la artritis, mientras Carol lo llevaba en el avión sin problemas. Taqui, cuyo nombre en griego era algo como Panatoia y su nombre americano Peter, había vendido hace dos años su restorán por obligación de Carol porque trabajaba demasiado (2). Carol era unos quince años menor que Taqui, y les desrecomendaron que se casen, pero ya llevaban treinta años y dos hijos. Estaban orgullosos.

Teníamos que devolver el auto con el tanque de combustible lleno. Cuando decidimos que era momento de cargar, no aparecieron más estaciones de servicio, y entregamos el auto con tres cuartos de tanque. Quien nos recibió el auto no nos dijo nada al respecto, y cuando le pregunté cuánto nos saldría el combustible me dijo que ya había asentado la compra y que no nos iban a cobrar nada. Devolví a cada uno los dólares que había juntado para pagar la nafta y Taqui dijo que cosas buenas le pasan a la gente buena.

En Tampa nos avisan que el vuelo a Houston estaba retrasado y la conexión a San Diego nos quedaba de media hora. Estabamos destinados a tomarnos vuelos retrasados. No nos preocupó tanto, la buena resolución de la situación adversa anterior nos hacía sentir preparados para lo que viniera. Además, no había nada que pudiéramos hacer al respecto. Por suerte la puerta de embarque del vuelo a San Diego estaba al lado de la puerta a la que llegábamos.

Estando cerca de aterrizar en Houston y ya en posición de aterrizaje, es decir, nadie debía pararse de su asiento, se me ocurre pedirle a las azafatas que nos dejen bajar primero que todos para llegar al otro avión. Como las azafatas ya no caminaban por el pasillo del avión, la única forma de hablarles era tocando el botón de asistencia de la azafata. Me daba vergüenza así que lo apreté rápido sin pensar. A los segundos dicen por el altoparlante que no es recomendable que una azafata se acerque en ese momento, pero que si era una emergencia vuelva a apretar el botón. ¿Era una emergencia no llegar a San Diego ese día? Lo apreto rápido de nuevo. Una azafata se acerca, le explico la situación y se va sin decirme nada. El altoparlante tampoco dice nada.

En Houston corremos de un avión a otro. Vemos que hay otras personas haciendo el mismo cambio de avión pero sin apurarse. En la puerta nos dicen que nos estaban esperando. Creo que estaba todo organizado y no había necesidad de apurarse. La azafata me debió odiar.

Yendo a nuestro asiento nos miramos con Carol y Taqui y festejamos a puño alzado; estábamos en un avión que iba a San Diego y nada podía frenarnos.

En San Diego buscamos nuestras valijas que tuvieron la fortuna de llegar antes. Belu tenía un poco de miedo que alguien se las llevara. No hay separación entre el retiro de equipaje y la entrada al aeropuerto, por lo que cualquiera puede llevarse una valija sin haberse tenido que tomar un avión. Pero confiamos en la sociedad yanqui.

Buscamos el auto alquilado para todo el viaje desde San Diego a San Francisco. Funciona así: una vez que firmás el contrato vas a un estacionamiento, accesible para cualquiera, donde te llevás el auto que quieras, dentro de la categoría que alquilaste. El auto ya tiene las llaves adentro. Luego de una investigación en Google, elegimos el auto con menor consumo de combustible.

Estoy tan cansado que manejo con miedo a perderme o a chocar (3). Me recuerda a cuando llegué a San Pablo a las 3 de la mañana y alquilé un auto para ir manejando a Río de Janeiro, con la diferencia de que perderse incluía la posibilidad de entrar a una favela. Llegamos al hotel. Llegamos a San Diego. Empezó el viaje por la costa oeste.

Notas:
(1) Belu no se puso celosa.
(2) Parecía ser que Taqui podía vivir perfectamente sin trabajar, es decir, sin su restorán que había vendido hace dos años. Taqui trabajaba mucho desde muy chico, y la razón por la que tenía el restorán y trabajaba mucho es porque era su hábito, su forma de desenvolverse en la vida.
(3) ¿El miedo me mantenía alerta?

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