Recorriendo la Costa de California - Día 8 - Salt Creek, Reef Point, Newport Beach y Huntington Beach - 2019

Hoy tocaba surf de vuelta.

La primer playa a la que fuimos era Salt Creek. Por suerte había swell y entraba una muy linda izquierda que empezaba a romper desde una punta de piedras, y terminaba en una potente orillera. Más hacia la izquierda de las piedras (al sur) empieza una playa llamada Dana’s Point, una orillera que se pone tubular. Usé mi estrategia de siempre, sentarme en el borde del pico, donde hay menos gente y suele colarse una ola que no agarra nadie (a sneaker). También tenés más tiempo de zafar si un set gigante nos agarra desprevenidos.

Para entrar a Salt Creek, después de dejar el auto en el estacionamiento autopagado, bajás por un sendero a la derecha del cual hay un parque público hermoso. El sendero termina donde termina el parque y empieza la playa, y en el intermedio hay baños y duchas. No me canso de decir que todas las playas tienen duchas y baños en perfecto estado. Así es muy lindo pagar impuestos.

La belleza del parque público y la izquierda en el fondo.
Salt Creek. La belleza del parque público y la izquierda en el fondo.

Salt Creek. Bajar a surfear es sonrisa.

Después de una linda sesión seguimos viaje hacia el norte por la Pacific Highway, siempre pegados al mar. Todas las playas son muy lindas y quiero parar en todas, pero para no hacer el viaje muy eterno, paramos en una muy agreste llamada Reef Point, parte de una reserva más grande llamada Crystal Cove. Estacionamos el auto y un sendero entre arbustines nos llevó hasta el borde del acantilado que vigila el mar. Hay una punta de piedra (siempre hay una) donde rompe una izquierda larga. Hay dos surfistas esperando la ola. Entra un set bestial que se los come vivos, el mar los mastica con varias olas, y luego los escupe con espuma cuando vuelve la calma, y salen del agua. El período del oleaje en el Pacífico suele ser bastante mayor que en el Atlántico, y lo que parece un mar sereno deja de serlo en pocos minutos, pues el espaciamiento entre sets es grande.

Se escapan de mí. Igual vamos al mar.

La izquierda de Reef Point (1).

La izquierda de Reef Point (2).

La izquierda de Reef Point (3).

Seguimos viaje hacia Newport Beach, un barrio muy lindo, muy “perfecto”, donde hay una ola mítica llamada The Wedge. Aquí, la onda choca contra un espigón, rebota, y vuelve a encontrarse consigo misma, duplicando su tamaño y fuerza, y rompiendo luego muy cerca de la orilla. La ola no es particularmente buena, pero es grande, llamativa, exótica y cuando agarrás la correcta, podés correrte un tubazo. En un tacho de basura en la playa había una tabla partida. Seguimos viaje hacia el norte, donde las playas estaban divididas por espigones, como en La Perla de Mar del Plata.  

Newport Beach. Entre las casas y el mar.

Finalmente llegamos a Huntington Beach, el destino final del día. Entrando al estacionamiento frente al mar, un hombre en una camioneta que salía del mismo nos pregunta qué nivel de surf teníamos, a lo que respondí “above average”. Me dio gracia mi respuesta formal. Él estaba preocupado porque las olas estaban muy grandes, y nos recomendó surfear lo más al norte que pudiéramos. Pero lo interesante de Huntington Beach es surfear cerca de su muelle característico, donde realizan los campeonatos mundiales. Estaba efectivamente grande, y entre el cansancio del viaje y mi temor por las olas grandes (razón por la que estoy haciendo un curso de apnea para surfistas), me quedé surfeando una ola que vi que se formaba entre la orilla y la rompiente del fondo, a la derecha del muelle. Las olas rompen cuando encuentran poca profundidad, y como bajo el muelle hay más profundidad, parte de la ola seguía de largo sin romper en el fondo, y rompía en este lugar intermedio. Afortunadamente encontré unos buenos picos. La corriente te llevaba mucho hacia la derecha, y cada tanto tenía que salir para volver a entrar cerca del muelle. 

Esta noche fue la última en Mission Viejo. Hay una persona que vivía en la casa sobre la cual no escribí aún: Mike. Vivía al lado de nuestro cuarto. Era un misterio porque lo vimos sólo una vez cuando nos encontramos entrando a la casa, él volvía de Target. Era un hombre muy flaco, de aspecto débil, de uno 50 años, con voz dulce, con anteojos, que nos dijo que parecíamos buenas personas. Nos dijo que tenía problemas intestinales y que por eso iba mucho al baño a la noche, y esperaba no molestarnos; nosotros ni enterados. Sí nos enterábamos de una persona que iba al baño durante el día, pero que nunca veíamos. No recuerdo más sobre él, de qué trabajaba, cuál era su historia. 

Nuestra estadía en Mission Viejo coincidió con el día del padre en Estados Unidos, cuando conocimos a los hijos de Kim y Michael. Muy copados los hijos. Uno de ellos de hecho había vuelto a vivir en la casa, luego de deambular por un poco de universidad y luego por el país en trabajos poco estables. La idea que me dio Kim de su hijo es que era bohemio. Lo primero que se me viene a la cabeza es que estaba “perdido”. A veces me pregunto qué haría si veo a mi hije perdide, pero ¿qué significa estar perdide? Yo tuve una educación muy formal y muy “ordenada”, y creo que uno puede seguir el camino típico de clase media de terminar el colegio, terminar la facultad, conseguir un trabajo, e igual sentirse perdido. Mi definición es “no estar seguro de por qué hago lo que hago”. Es por ello que el gerente de un banco puede estar más perdido que una persona que toca la armónica en el subte; no es la acción, es la intención de la acción. Una alternativa más leve sería “no estoy seguro de qué hacer para lograr lo que quiero”, que puede ocurrir cuando alguien cambia mucho de modo de vida, y uno, prejuiciosamente, se lo alude a que está perdido. Pero por lo menos en este caso uno sabe lo que quiere. 

Me asombra la cantidad de olas que hay acá en tan pocos kilómetros, cómo hace la gente para decidir dónde surfear, habiendo tantos lugares y todos con buenas olas. Creo que de solo pensarlo estoy sufriendo el efecto del surfer de Buenos Aires, que cuando se acerca a las olas se desespera por ellas, y quiere agarrar las mejores, y agarrarlas todas. Es una condición que voy superando poco a poco. Pero déjenme decirles que elegir el mejor spot es una condición que aqueja a muchos surfistas y lo ha aquejado a todos en algún momento de su vida. Creo que finalmente consiste en transformar la palabra “aqueja” con “disfruta”, pues en definitiva siempre terminamos entrando al mar y surfeando olas. Pero supongo que es como la vida, a veces pensamos más en lo que no estamos haciendo que en lo que sí estamos haciendo, y allí radica el desafío.

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