Recorriendo la Costa de California - Día 9 - Seal Beach y Los Ángeles - 2019

Hoy nos íbamos de Mission Viejo. Fue una gran estadía, en un lindo barrio, lejos del mar (relativamente) pero con buen acceso y equidistante de muchos lugares interesantes, amenos dueños, lindo perro, precio económico, gran cocina y linda casa, aunque no estuvimos mucho dentro de ella. El único punto para mejorar era la cama, muy chica para dos y no dormíamos del todo cómodos. 

Mission Viejo.

En la cocina.

En la linda cocina.

Nos dirigimos hacia el norte en dirección Los Ángeles. La primera parada fue un local de surf que había visto el día anterior cerca de Huntington Beach, con un cartel que indicaba trajes de neoprene en oferta. Los trajes estaban realmente baratos, tanto que terminé comprándome dos, un 4/3 y un 3/2. Los números indican el espesor en mm en distintas partes del traje. Mayor espesor significa mayor aislación, y por ende mayor protección contra el frío. Los trajes tenían un salto de calidad respecto al que estaba usando; el neoprene era mucho más elástico y, por ende, más cómodo para moverse y surfear. Belu, con espíritu más comerciante, pidió un descuento por comprar dos trajes, que fue concedido. En Mercado Libre me fijé que en Argentina estaban tres veces más caros; esa diferencia de precios que uno no logra entender. El local se llama Frog House, y aparentemente es histórico y muy popular.

La siguiente parada fue Seal Beach, que en inglés significa “Playa de Focas”; seal también significa sello, pero dudo que se refiera a eso, a menos que sea un lugar muy concurrido por carteros. La playa no le hace honor a su nombre; no vimos ninguna foca. Al lado hay un puerto industrial enorme, y el agua estaba más marrón de lo que estábamos acostumbrados en California. No nos quedamos mucho y decidimos almorzar en un bar muy yanqui con cerveza tirada, alitas de pollo picantes, y fajitas. ¿Qué es un bar yanqui? Son esas cosas que uno se da cuenta pero que son difíciles de describir. Voy a intentar. En las paredes y el techo tienen muchos posters o cuadros o memorabilia (incluido patentes de autos), por lo general de motivos deportivos o musicales; también puede haber carteles con luces de neón. No hay muebles lujosos u ornamentos antiguos, todo es bastante minimalista, pero sobrecargado con lo que cuelga de las paredes y el techo. Hay muchos televisores con eventos deportivos, cada pantalla mostrando uno diferente. Para sentarse casi siempre hay cubículos en las paredes y una barra; no siempre hay mesas. Los menús son una gran hoja plastificada con letras grandes y no están tan claras sus divisiones; los tragos, entradas, postres, cervezas, platos principales, y “especiales” están esparcidos en la gran hoja sin un orden particular. Nunca me quedó claro que eran los “especiales” (specials), ¿es un menú del día, un combo, una sugerencia del chef? Arriba de la caja hay un gran pizarrón o letrero con más información de platos y promociones también. Como mínimo, en el equipo de mozes hay une rubie, y usan un delantal a la altura de la cintura, y el resto ropa de civil o una chomba del lugar.

Bar yanqui de Seal Beach.

Locos en Seal Beach.

Seguimos rumbo a Los Ángeles, y en el camino aprovechamos para comprar un portaequipaje portátil. Hasta el momento no mencioné que atábamos la tabla más grande al techo —la más chica la guardábamos en el auto— con unas cintas o zunchos, con la tabla pegada al techo. El problema es que cuando viajábamos a alta velocidad (más de 40 millas por hora; ¡en EEUU se piensa en millas!) los zunchos empezaban a vibrar y hacer un ruido muy molesto, como el zumbido de una mosca gigante. La solución fue comprar un portaequipaje portátil, que también tiene zunchos pero están pegados al techo y no vibran con el viento. Lo conseguí por craigslist, una especie de mercado libre pero totalmente informal (sin comisiones, ni método de pagos, y la página es extremadamente minimalista) y muy confiable según mi experiencia. Nos encontramos en la oficina del vendedor, y su historia era que se estaba volviendo a vivir con su novia a Inglaterra porque habían tenido un hijo y les hacía falta la familia para llevar mejor su cuidado y crianza. Justo hace poco debatía con mi hermana las ventajas de criar a los hijos en “tribus”. Lo interesante fue que el producto estaba publicado a 20 dólares pero él pensó que lo había publicado a 25, y me comentó que había rechazado a un posible comprador porque le había ofertado 20 dólares, que era lo que yo estaba dispuesto a pagar. Tuve un pequeño impulso de darle 25 dólares, pero ya había sido generoso cuando compré el funboard —pagué más de lo que estaba publicada, y nosotros habíamos ido hacía él, y creo que para un argentino 5 dólares valen bastante más que para un inglés. Y si me dan tiempo puedo buscar más excusas. 

La parada final era la casa de Jorge, el tío de una amiga de Belu a quien ella le había filmado algunas entrevistas en Buenos Aires para una película sobre productos naturales y medicinas alternativas, y nos invitó a quedarnos una noche. Vive en un barrio tranquilo, y en el fondo de la casa, además de un jardín y una pileta, tiene un cuarto con cocina y baño que lo alquila por Airbnb. Luego de desensillar, nos quedamos toda la tarde hablando con Jorge y su mujer, gran picada mediante que nos prepararon. Tienen una historia muy interesante. Él es baterista, y también produjo a varias bandas latinas, ninguna conocida en Argentina pero tuvieron bastante éxito. Fue a los premios Grammy y conoció a grandes estrellas que eran simplemente seres humanos. Aclaró su humanidad porque decía que en Argentina se cree que el estrellato es un mundo diferente, y él no lo sintió así. Aunque aún tiene su batería en un estudio al lado de “nuestro” cuarto, ya no toca profesionalmente, y usa el estudio para hacer películas. Ella es profesora de inglés, sigue siendo, y llegó hace muchos años a Los Ángeles para trabajar, y fue cuando se conocieron. Luego llegó uno de sus hijos, que habla inglés como cualquier estadounidense, lo cual no debería sorprenderme porque nació y se crió ahí, pero era raro escuchar a los padres hablar tan “argentino” y al hijo tan yanqui. La picada fue nuestra cena, y esa noche nos dormimos muy temprano, ¡nos esperaba mucho más viaje!

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