Recorriendo la Costa de California - Día 6 - Trestles y T-street - 2019

Belu se levantó exhausta de la intensa clase de surf del día anterior. Navegar entre la energía del mar es cansador, y la falta de costumbre no fue su aliada. Decidió tomarse el día tranca en la casa, y yo fui a surfear Trestles.

Dejé el auto en el estacionamiento al lado de la autopista, me puse el traje y caminé el kilómetro y medio en ojotas hasta la playa. En el trayecto lo cruzamos a Kalani Robb, un hawaiano ex-profesional que venía de surfear subiendo el camino en bicicleta. Dejé en la arena las ojotas y bajo ellas las llaves del auto. El reflejo argentino me decía "miedo", pero la razón lo contradecía que no pasaría nada. Dividí me sesión en dos, una hora en Upper Trestles y la segunda en Lower Trestles. El mar no moja el arena, sino las piedras que los separan. Son bastante redondeadas y no lastiman los pies al pisarlas. Hay buen tamaño de ola, pero la entrada no es difícil; el mar es muy prolijo y el período largo del Pacífico evita que filtre tantas olas. Hay mucha gente en el agua. La ola es una pared vertical verde que avanza, ordenada y contundente. Es larga y hay varios picos a lo largo de su recorrido, que hace que la gente no esté toda en el mismo lugar. El Pacífico es... diferente al Atlántico. Agarro olas muy grandes, y filtro olas muy grandes. Una gran experiencia. La corriente me lleva hacia el sur.

Salgo de Uppers, camino hacia el sur y entro en Lowers. Un canal por la derecha del pico te lleva hacia adentro con muy poco efuerzo. A diferencia de Uppers, Lowers es un pico muy definido. No sólo los surfistas se concentran ahí, también la energía de la ola; cuando entra la serie, el pico da miedo. El rango de edades es de 10 a 50 años. No percibo localismo. Por los fotógrafos en la playa intuyo que hay profesionales en el agua, pero no reconozco a ninguno. Agarro una izquierda en el pico pero alguien detrás mío toma la misma ola y se la tengo que dejar. Remo otra izquierda, creo que no llego y dejo de remar, pero cuando la ola pasa por debajo mío me doy cuenta que la podría haber agarrado. "Dios mío, ¿qué he hecho? Tenía una ola para mí solo en Lowers y la desperdicié". Problemas del primer mundo.

La corriente me lleva más al sur y ahora prevalecen las derechas. Agarro una larga y salgo del agua. Mis llaves siguen debajo de las ojotas.

Almorzamos en Mission Viejo y Belu me pide que vuelva a surfear, se quiere tomar un día relax. Cuando dejo a secar en el jardín el traje de baño usado en la mañana, encuentro una bolsa en un bolsillo. Suelo guardar en los bolsillos bolsas que veo flotando en el agua, pero no recuerdo haberlo hecho en este viaje, debe ser de cuando estuve en Pinamar varias semanas atrás. Lo loco es que la bolsa tenia crustáceos pegados, más específicamente balanos o bellotas de mar, o como yo las llamaba de pequeño, muelas de mar; por lo que debió estar flotando muuuuucho tiempo. Asombroso el poder de adaptación de la naturaleza.

Crustáceos creciendo en una bolsa de plástico.

No encuentro mi reloj. Tengo la sospecha de que cuando volví al estacionamiento después de surfear en Trestles, me lo saqué para sacarme el traje, lo apoyé en el techo del auto, y nunca más lo volví a agarrar. Con suerte se habrá caído en el estacionamiento y seguirá ahí. Antes de ir a T-street, el surf spot de la tarde, voy a buscarlo, sin resultados. "Quizás en la bajada a la autopista, cuando el auto se inclina", pienso con el optimismo por las estrellas. Bajé caminando por el pasto al costado de la autopista, esperando que no aparezca ningún policía --un miedo que uno tiene en Estados Unidos cuando hace algo fuera de lo normal. Y ahí lo vi, un misil en mi placard... perdón, se metió Soda Stereo en la historia. Vamos de vuelta: y ahí lo vi, las dos correas del reloj sobre el asfalto. Pero lo más valioso, lo que sostienen las correas, esa minicomputadora que mide el tiempo con precisión, no estaba; probablemente fue pisado repetidas veces por malvados conductores enemigos del tiempo y el reloj se fundió con el asfalto, nunca más a ser encontrado. Nunca más a ser olvidado sobre autos, sino por siempre bajo muchos de ellos, aunque este cuento sea una prueba de que lo recuerdo. Lo gracioso es que días antes casi me lo olvido y pensé "debería dejar de ponerlo en el techo del auto".

Seguí camino a T-street. Esta vez estacioné gratuitamente sobre la calle. T-street está a la izquierda del San Clemente Pier (Pier = Muelle), y a la derecha de acantilados. Para llegar hay que cruzar las vías por un puente. Al igual que en Trestles, la ola estaba grande. Es un pico que rompe principalmente de izquierda y termina en una orillera poderosa. Te metés cruzando rápido la potente orillera y luego remás hacia el pico.

Hay mucha gente surfeando, de distintas edades y géneros. Todos muy amistosos, una constante de California. Cuando la izquierda cierra tenés dos opciones, hacer un floater o un roller para caer parados con la espuma, o salir de la ola. Este dilema se nos presenta muchas veces en nuestra vida surfista. Si hacemos la maniobra bien, vivimos la hermosa sensación de bajar con la espuma o con el labio y hasta hacer un drop aéreo. Caer desde las alturas con los pies en la tabla es mágico. Aún si nos caemos, el haberlo intentado es lo que importa y nos da satisfacción. Si salimos de la ola nos ahorramos remár más, pero nos puede dejar con una sensación de no habernos animado, pero que nos alimenta para hacerlo diferente la próxima vez.

T-street.

T-street.

T-street.

La tercera noche en Mission Viejo vamos al súper, nos separamos con Belu para buscar distintas cosas. Hay un canasto especial con alimentos en descuento porque vencen pronto y es lo primero que miro. Un chico rubio, alto y con anteojos me cumplimenta la zapatillas, y nos ponemos a hablar. Rápidamente pasamos a temas de la vida, de su pareja, de que se va a casar, de su filosofía, de que quiere ser millonario. En el medio entra Belu. Nos cuenta que su objetivo era hablar con persona nuevas todos los días, y este año ya había hablado con no se cuentas miles. Nos despedimos y Belu me dice: "Te dejo solo dos segundos y ya estás hablando con alguien". "Te juro que me empezó a hablar él".

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